viernes, 30 de noviembre de 2012

Golpes de pájaros enclaustrados


Golpes de pájaros enclaustrados
simulan siluetas de fantasmas nómadas
soles de un octubre visando atemorizadas
los granizos de la luz discordantes.

Vientos que enmarcan palabras precisas
por los muelles de empeños acallados
tu voz, la mía, el ruido del reloj
del calendario.

El caparazón del futuro liado
como una escafandra en mi rostro
impúdico en el secreto
de este miedo al kilometraje,
audacia quien se escapa del destino
como quien la tiene cerca y no la ve.

Ternura apta para estos brazos
que no son de acero
más del fieltro incalculable
que presupongo al despedirme
de tu guiño que se escapa
hasta la próxima, sutil, hipotética.
casi irreal
mirada.

martes, 13 de noviembre de 2012

Puntos

Recuerda, todas las personas tenemos al menos un punto de vista:

Pero hablando de puntos. Hay puntos negros, puntos blancos, puntos desteñidos, puntos de colores. Puntos seguidos, aparte y finales; también hay puntos y comas y hay gomas y punto. Puntos distorsionados fuera de todo punto, poco serios que parecen asteriscos.

Hay puntos que se multiplican en el sube y baja de wall street y se inflan en los créditos bancarios. Puntos que se canjean en cualquier supermercado o por una canasta llena de puntos. Malditos putos puntos que se atraviesan a la vista confundidos. Puntos estadísticos que sumados dejan de serlo y se convierten solo en agujeros.

Hay puntos que viajan sobre los aeropuertos que se creen apuntes. Hay puntos de apoyo y puntos cardinales. Hay puntos en la mira de un fusil y puntos en el centro de una diana. A donde uno apunte y dispare, apunte y tome notas, habrá puntuado puntual o impuntual, un nuevo punto de abordo.

Hay puntos de sutura, que son los que duelen. Pero también hay puntos de bordado que son los que tejen. Puntos de inflexión y puntos de inflamación. Hay punto G y punto cero. Puntos de salida y puntos de llegada. Hay punto rojo y más tarde algún antojo en algún punto del cuerpo.

Pero a mí, los que más me gustan son los puntos de encuentro. Esos donde cada noche, buscando nuestros puntos disfrazados de lunares, nos hacen llegar a un punto en común que atendiendo a nuestras coordenadas, nos acerca a un espacio específico. Desde el punto de vista donde se apuntan nuestras miradas.

Erick Barrera Tomasino.

Berne Ayala: Ciudad Rocanrol

lunes, 5 de noviembre de 2012

Fiesta Menguante

Foto: EBT

Suena el piano. Entona notas que evocan angustia, tristeza, amargura, llanto. El piano suena. El piano ensordece. El piano calla. Solo hay silencio. Silba el teléfono con gemido monótono, desesperante, fastidioso, una y otra vez, suena un sinfín de veces. Suena, se calla. Nadie contesta. Y el silencio asoma de nuevo por la oscuridad con su sonrisa de niño explorador jugando a ser psicópata, ríe y danza en la más remota esquina de la tiniebla.

El silencio se parece a la muerte. El silencio es la muerte. Silencio y muerte una sola cosa, una cosa indescriptible, que va recorriendo al pasividad de la noche. Silencio, muerte y noche. Qué festín tan grotesco se ha preparado para reunir a estas tres figuras. Silencio. Noche. Muerte. Y la ventisca sopla con aires de magnificencia por la grieta de la puerta desplazada.

Nadie en absoluto se atreve a cerrar y el viento comparte un espacio al cual no ha sido citado. Se invita con furia, empujando el telón de madera sin preguntar por nada ni por nadie y se estanca bajo el candelabro que se ejercita en el techo; mientras el silencio, la muerte, la noche se entremezclan formando un abanico que convida al viento a sumarse a la celebración. Viento. Muerte. Noche. Silencio.

Los cuatro jinetes se unen en un abrazo de lealtad. Cuatro inseparables compañeros que si bien presentan rostros distintos, en esta reunión se han entremezclado convirtiéndose en una masa cuasi uniforme. Se mueven en sintonía de la música oculta que gime el silencio y los redobles susurrantes que impone el viento con galantería nocturna, al compás de los siniestros ojos de la muerte, en un baile un poco parecido a la decadencia y al glamur.

Pasa el tiempo con sus mancillas girando discretamente, tanto que asomándose a la ventana la noche se despide con la claridad de la madrugada, que penetra en la grieta de la puerta estampada de moho y humedad. Se va la noche, se despide en shock nauseabundo. La muerte el silencio el viento corresponden con ademán poco convincente; mientras que el cantar de los pájaros ahogan en trinos desesperados lo poco que había de paz; advirtiendo que es hora para que se marche el silencio, tan pronto como la luz ha penetrado; cerrando toda posibilidad de aire y asfixiando la voluntad del viento que no encuentra su espacio vital; desvaneciéndose lentamente, pausadamente, en marcial sigilo. Mientras el silencio y la noche abandonan con marcha fúnebre la habitación clandestina.

No estarán más la noche ni el silencio ni el viento, cuando en la esperada luminosidad se encuentre el cuerpo de un hombre con señales de fenecida frialdad.

Es aquí donde la muerte se percata de su soledad y decide también seguir las huellas de sus camaradas. Silencio. Noche. Viento. Claridad. Ruido. Calma. Y la muerte escapa sonriente llevando a cuestas la mejor porción del festín. Mientras el cuerpo inerte los espera con sutil ansiedad decidido a aparecerse ante sus invitados.

Suena una campana, la misa va comenzar.

14 de mayo de 2003.

Erick Barrera Tomasino
-Breviario-