miércoles, 8 de julio de 2009

REPÚBLICA BANANA (copyright)

REPÚBLICA BANANA (copyright)

Erick Barrera Tomasino

En cierto año en la historia ininterrumpida de los seres humanos, un joven se entretenía viendo la película que especialmente marcaría su vida: El Planeta de los Simios. “Yo no se si es posible un planeta –se dijo- pero me gustaría que al menos un país lograra ser dominado por los gorilas, estos que son mis personajes favoritos”.

Y pasó toda su vida obsesionado con ese sueño. De sus particulares observaciones entendió que los gorilas son seres dóciles con los garrotes, y flexibles a la hora de usarlos y que estos seres gustaban de recibir órdenes y dejarse guiar por quien le ofreciera el mínimo necesario para, según ellos, vivir lujosamente. No era de extrañar que United Fruit Company mandara en ese país, decidiendo sobre las gerencias nacionales. Y que el buen gusto por la Chiquita, pondría a bailar a los campesinos hasta el cansancio al ritmo de Nemagón. A esta cultura, los astronautas del capital bautizaron como “República Bananera”

Al llegar a la etapa adulta, se convencía a sí mismo. “Es fácil ser el rey de este lugar”. Hablaba siempre par sí mismo, porque no era un buen conversador; parco para hablar su principal “molestia” era que las personas dijeran; por eso cuando estas querían hacer escuchar su voz, él rabiosamente tapaba sus oídos. “En mi país nadie hablará –decía- nadie que no sea yo o el cañón de las metrallas”.

“Los seres humanos no tienen la facultad de hablar, por eso serán abatidos en cruentas batallas si esto se les ocurre. Es peligroso para la moral y las buenas costumbres, que los seres humanos comunes y corrientes digan una tan sola palabra”. Cavilaba.

Y vio que no era tan fácil inculcar sus buenos deseos por ser el dueño absoluto de todo. Ni aún siendo quizás, el único señor de las libertades que tanto defendía, las gentes podían dejarse convencer. Otras veces se adentraba a la carrera electoral, para ganarse el aprecio de aquellos que por querer hablar, no le escuchaban. Y no lograba alcanzar sus metas por más intentos bienaventurados que realizaba.

Cuando el Vaquero, a quien pensaba su amigo, por fin decidió bajarse del caballo y ensuciar sus botas, se sintió defraudado. Ya no podía confiar en nadie. Y pensó que la única manera de ser apreciado era tomar por la fuerza el racimo de bananas.

En tremenda angustia se encontraba, que no podía soportar la sola idea de que el racimo alcanza para todos, y que todos pueden comer de él, y que si la planta se protege, da frutos para futuras generaciones. Y que si todos participan de la toma de decisiones, quizá hasta ya no haga falta que todos se quieran comer todas las bananas del racimo, porque habrán de decidir como hacer buen uso de ella, sin que nadie se quede soportando hambre. Pero para ello las gentes tenían que hablar.

Y como tan bien versados estaban los gorilas en la usanza del garrote, que decidió sacarlos de las jaulas donde estaban escondidos y los mandó, primero y por venganza, a sacar a Vaquero se sus aposentos y expulsarlo de la república para no verlo nunca mas y luego, enfilar ya no solo los garrotes sino las pistolas, contra toda aquella gente que se atreviera a decir una tan sola palabra, mucho menos a opinar. Y así lo hizo. Para ello ofrecía bananas a los gorilas que no preguntaban por nada.

Pero el racimo no duró para siempre, y resultaba que habían otros más allá que en realidad se comían las bananas más grandes, y eran dueños no del racimo sino de la plantación toda.

Pero esta historia tampoco duró para siempre. Un buen día despertó con un traje a rayas. Como a raya lo puso la justicia, esa que nace siempre desde el pueblo y que no siempre coincide con las leyes. Porque el pueblo aprendió hablar su propio idioma y a decidir su propio destino.

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