Erick Tomasino Feos y Malos by Erick Tomasino on Scribd
"No te fatigues nunca más de lo necesario/ aunque tengas que fundar una cultura sobre el cansancio de tus huesos." -Antonin Artaud-
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lunes, 2 de diciembre de 2019
lunes, 25 de junio de 2018
BAILABA COMO DAVID LEE ROTH
BAILABA
COMO DAVID LEE ROTH
Erick
Tomasino
Me consideraban la reina de
todas las fiestas a las que asistía. Quizá por mi cabello rubio espejismo o mis
ojos de somnoliento deseo. Total era la más deseada. Siempre cobraba por
adelantado porque ya tenía experiencia con tipos malapaga. Usted sabe, hay que
ser precavida en todo hasta para abrir las patas. Una no se mete con cualquier
fulano solo por así nomás. Hay que procurarse sus estímulos. Una verga
suculenta o un buen fajo de billetes. Yo prefiero lo segundo a lo primero
porque el dinero contante y sonante es real. Lo otro puede ser una ilusión que
desilusione. Y de eso yo se bastante.
La verdad es que a los tipos
les gustaba cómo me les encaramaba. Como con el neón de mis sonrisas les
reptaba salada sobre sus carnes. Y la inocente gesticulación que les actuaba
cuando les hacía creer que me complacían al mismo tiempo que les susurraba que
puta miamor qué rico. Así les limitaba al tiempo. Yo sabía simularles fantasías
a los ingenuos.
Para algunos yo era un
artefacto intervenido por el maltrato, el delito perentorio de sentirse deseada
y ajena, de cualquiera menos de una. Pero aun así me amaban o eso decían. Yo
igual no les creía. Una aprende a discriminar los discursos y pensar en el
marido que ya no volverá y en los hijos que a saber qué diablos andarán
haciendo. Porque a una la pueden acusar de cualquier cosa menos de dejar a los
hijos valiendo verga, por algo se mete una en este negocio.
Porque esta cosita rica
tiene su historia y sus tristezas, no crea que todo es gozo, también a una se
le escurren los sentimientos por los ojos. A veces me embriagaba y le contaba
las puntitas a las estrellas, con los ojos así como de gata taciturna. Por la
mañana amanecía de culumbrón tratando de recordar las ovaciones pero sólo me
venían los golpeteos de mis nalgas que sonaban como aplausos en los muslos
peludos de algún cliente grasoso y jadeante. Aprendí a contar las embestidas
para romper mis propios records.
A pesar del sufrimiento me
ponía linda y me daba mis gustitos. Me vestía como la actriz que triunfa en la
alfombra roja. A los tipos les encantaba verme así, porque para mujeres sufridas
les bastaba la de la casa. A mí no me miraban así aunque lo fuera, pero eso no
les importaba. A mí tampoco me importaba. Yo sabía que con menearles el
chunchucuyo así... les bastaba y para mi sacarles el billete era suficiente.
Decían que era la reina
porque les gustaba mi cadenciosa forma de explotarles los fantasmas a la
rutina. Pero sobre todo lo que más les gustaba era que cuando sonaba mi canción
predilecta, lo mandaba todo a la mierda y estirando las piernas en un salto así
como este… con movimientos de una diva de Tropicana, sensual y ajena, bailaba
como un David Lee Roth en versión de putero de mala muerte y ya con eso me
daban mi propina o me invitaban a un wiski con promesas de sacarme de este
chiquero… o por lo menos escribir una historia que hablara sobre mí.
lunes, 22 de enero de 2018
LAS ARMAS DE DIEGO
LAS
ARMAS DE DIEGO
Erick
Tomasino
Diego era un niño próximo
a entrar a la adolescencia. Siempre se le creyó alguien problemático, un
pequeño a quien no le interesaba el estudio ni las normas ni la disciplina
escolar, más pendenciero que curioso era el prototipo de niño malo. A su corta
edad le tenían tanto miedo hasta el punto que no sólo se le consideraba
responsable de tener amedrentado a sus compañeros de clase, sino que además era
el quebrar de cabeza del cuerpo de profesores de la escuela.
Cierto día, un compañero
de grado lo acusó con la maestra de llevar una pistola dentro de su mochila. Su
profesora lo invitó a pasar al frente de la clase. Para sorpresa de todo el
grupo de niños y niñas, la Profe, en lugar de reprenderlo y acusarlo con las
autoridades le pidió a Diego que le mostrara el arma. Él, igual de sorprendido
por no recibir el castigo que en una situación así podría esperarse, sacó
aquella pistola de su mochila y se la mostró a la Profe.
Bueno -dijo ella- yo no
sé mucho de estas cosas, pero vamos a aprovechar esta situación para indagar un
poco sobre armas y qué relación tienen con nuestra realidad. Así que le pidió a
Diego que a partir de ese día, se sentara en la primera fila de la clase pues
sería el asesor de la Profe en un proyecto de investigación. Eso significaba,
que desde esa fecha, las y los estudiantes se pondrían manos a la obra para
descubrir de dónde venía aquel artefacto y quienes se beneficiaban con la
producción de las armas de fuego.
Al principio, las
respuestas venían de la suposición de que aquello procedía del hermano mayor de
Diego, otro se atrevió a decir que era de su padre y que ya la había usado en
más de alguna ocasión o que simplemente Diego la había recibido como parte de
su entrenamiento para ser miembro de una banda criminal. El chico se sentía
acusado y no decía nada, aquellos comentarios le hacían sentirse con rabia, más
pequeño y con menos fortuna que los demás.
La Profe insistió que
aquello no era una tarea sencilla. Habría que investigar de forma más sistemática
de dónde venía esa arma. Insistió que sobre todo habría que descubrir a quien o
quienes beneficiaba la propagación de ese tipo de cosas no sólo en la
comunidad, sino ampliar la mirada a lo que sucedía en otros lados del mundo.
Todo el grupo se puso a
investigar sobre el origen de la pistola. Primero preguntaron a otros maestros
y maestras si lo sabían, la mayoría dijo desconocer de ello, así que sugirieron
preguntar a algunos amigos del vecindario de los cuales se sospechaba podrían
brindarles más información, otros bajaron fotos de internet de armas similares
y con ello preguntaron a otras personas de la comunidad, a algunos padres, vecinos,
a tal punto que mucha gente se sintió curiosa de aquella singular tarea que la
Profe les había puesto.
Por fin encontraron a
alguien que sabía qué tipo de pistola era aquella, les dijo el nombre de la
empresa fabricante y el país de donde las importaban. En un principio las
chicas y los chicos se sintieron satisfechos, pero la Profe les insistía que
había que averiguar más, quiénes eran aquellas empresas que preferían fabricar
armamento y no otras cosas, como dulces o guitarras.
Buscaron toda aquella
información en internet, en algunos libros. Los chicos más grandes de los
cursos inmediatamente superiores apoyaron en buscar información, hasta
entrevistaron a una persona que en algún momento había realizado un estudio
similar y eso les llevó a buscar nuevas fuentes.
Así, descubrieron que
aquella arma era apenas una minúscula –aunque letal– parte de toda una
industria que año con año ganaba millones de dólares por la fabricación y venta
de armas; supieron además que para ello necesitaban un mercado donde
comercializar toda aquella producción, por lo que las guerras y la delincuencia
no eran situaciones aisladas, sino que también eran producto de aquella
diabólica industria que vivía de la muerte.
Encontraron que sólo las
principales cinco empresas de defensa en el mundo obtuvieron ganancias por 151
millones de dólares en 2016. Mucho de esas inmensas fortunas las lograron siendo
las principales contratistas del departamento de defensa de Estados Unidos. Por
lo que aquel gobierno siempre tenía la enfermiza tendencia de inventarse
enemigos y guerras hasta en los pasajes empobrecidos como en los que la escuela
del vecindario se ubicaba. Si alguna vez fueron comunistas o indígenas que lo
aparentaban, ahora eran terroristas prefabricados, traficantes de drogas, dealers de países centrales, pero
también jóvenes de tez morena y empobrecidos igualitos a los jóvenes de su
comunidad. Las víctimas –daba lo mismo– no se diferenciaban siempre y cuando
sus muertes acumularan las ganancias de los dueños de la guerra.
Pero las empresas de esa perversa
industria no sólo estaban instaladas en Estados Unidos, sino también en Gran Bretaña,
Israel, Francia, entre otros países a los que no les bastaban las muertes del
sur sino que también los provocaban dentro de sus propias fronteras, aunque
curiosa y decididamente las víctimas siempre eran pobres y diferentes a los
dueños de la industria de la guerra. Eso, entre otras cosas, fue uno de los
puntos de llegada de aquellos chicos y chicas que antes sólo veían en los
noticiarios lo datos muertos de los muertos sin alma.
Y así Diego y el resto
del grupo se dieron cuenta que detrás de aquella arma que una vez estuvo en sus
manos, había toda una industria armamentista que beneficiaba a importantes
grupos de poder a nivel mundial. Que la situación de violencia que se vivía era
producto del perverso negocio de la muerte y que jóvenes como ellos sufrían las
consecuencias.
Todo eso aprendieron con
aquella tarea que les permitió ver más allá de lo inmediato. Que les ayudó a
ampliar la mirada revelando las causas y lo que significaba para ellos, sus
familias, su comunidad y sus semejantes. Mientras en el vecindario de Diego, algunos
muchachos –todavía desconociendo aquella complejidad– seguían pensando en
matarse unos a otros.
Nota:
Este cuento está basado en una anécdota que se la escuché a Frei Betto y me
pareció importante escribirla, reescribirla y compartirla.
lunes, 11 de septiembre de 2017
DON VEIDER
DON
VEIDER
Erick
Tomasino
Don Veider salía todas
las mañanas de su casa, bien tempranito. Yo lo veía pasar desde el corredor que
daba hacia la calle. Lo miraba y lo saludaba con un gesto que él correspondía
con otro gesto.
Un día me animé a
saludarlo con un “buenos días”.
-Buenos días- me
respondió con su voz cansina.
-Ya va de paseo- sugerí
como si en verdad me importara.
Me miró con una expresión
que denotaba que a él le interesaba menos darme explicaciones. Se fue de largo.
Don Veider no era su
verdadero nombre. Dicen que el apodo le venía –aunque no tenía nada que ver- de
su actitud pendenciera. Cuentan que era bueno para los talegazos y por eso se
le consideraba el “tata” de todos los hombres rudos del pueblo, lo que lo metió
en un sinfín de problemas, incluida la “autoridad”. Pero de repente, como si
alguien le hubiera secuestrado las energías, Don Veider dejó de ser aquel
hombre rudo y pasó a ser una especie de fantasma que caminaba todas las mañanas
bien tempranito hacia rumbos indefinidos.
Lo vi pasar muchas veces,
casi siempre, al nomás clarear el día, salía de su casa hacia un rumbo
desconocido para mí. En el pueblo, lo que se sabía, era que Don Veider vivía
solo, demasiado solo y casi no hablaba con nadie.
Por comentarios que se
compartían en lo que se consideraba el espacio sociocomunitario de la localidad
-la pupusería de la Niña Lola- supe que a Don Veider le habían desaparecido a
su familia durante la guerra y que luego de un rato de haberse perdido él
mismo, retornó con el empeño en irlos a buscar todas las mañanas. Está loco
decían.
Loco por tener memoria y
esperanza. Como si la desesperanza y el olvido fueran más sanos.
La última vez que lo vi fue
cuando nos encontramos por la calle, lo saludé y de forma indiscreta le
pregunté que cuánto tiempo más se iba a empeñar en buscar a sus desaparecidos.
Lo haré hasta donde me
alcancen las fuerzas –dijo mirando hacia el horizonte y continuando su camino-.
Entonces, que la fuerza
le acompañe –susurré- y seguí el mío.
lunes, 23 de enero de 2017
ELVIS NO SABE BAILAR
ELVIS NO SABE BAILAR
Erick Tomasino
1.
Magic Wils lanzó el juego a
la mesa mientras pidió a una de sus asistentes que le llenara el vaso con
whisky. Siempre que recibía nuestra visita sacaba su juego de Risk para que la
sesión de conspiración fuera una mezcla de tensión amena y cálculo estratégico.
Mientras expandía el tablero sobre la mesa nos convidaba a acercarnos y
hacernos de la partida. Magic Wils permanecía siempre sentado así que de
inmediato nos ordenó que le acompañáramos a la mesa. De los que estábamos de
pie, Buñuelo fue el primero en tomar una silla, le siguió Elvis y por último me
senté yo. Pidan algo para beber y disfrutar que esto va para largo nos ordenó.
Siempre era así, la partida de Risk se dilataba tanto tiempo que era necesario
solicitar más y más botellas de whisky.
El Gordo Buñuelo solía jugar
siempre con dos asistentes, una a cada lado, las que eventualmente se sentaban
en sus piernas y que, a pesar del frío tropical que provocaba el aire
acondicionado, se mantenían en delicadas ropas de lencería. Fumaba siempre
dando la impresión de un vulgar gánster graso y asqueroso, por ello no
desaprovechaba la oportunidad de hacerse acompañar de las edecanes que Magic
Wils le conseguía en la agencia de modelaje que solía subcontratar la R.S.E. S.A.
de T.V. donde trabajábamos.
Vaya piricuacos, tome cada
quien sus fichas de colores y ya saben que las rojas no están permitidas en
esta mesa, que acuérdense que este país será la tumba donde los… Magic Wils
daba un generoso trago a su whisky hasta trabar los ojos en el horizonte y
tarareaba el himno partidario. El juego daba inicio y mientras tanto (mientras
tratábamos de conquistar territorios y declararle la guerra a nuestros
adversarios) los tragos desfilaban imparables uno tras otro, si no perdías en
el Risk, corrías el riesgo de caer derrotado por el alcohol sobre la alfombra
que tapizaba el piso y ser víctima de la ronda de vejámenes de los
sobrevivientes.
Elvis era el único que se
mantenía en silencio. Apenas dejaba escapar un suspiro y en su rostro se notaba
una risita nerviosa, bebía eso sí, sendos tragos de su vaso y miraba inquieto
hacia todos lados, sudaba, se mordía los labios, miraba el reloj, la
disposición de las piezas sobre el tablero, bebía, respondía a la mueca que
alguna de las edecanes le lanzaba con la mirada perdida en sus adentros. Magic
Wils que parecía estar siempre en todo, lanzó un comentario al aire como para
ver quien lo cachaba pero evidentemente todos sabíamos que era dirigido a
Elvis. A ver cuándo salen esos ridículos vídeos tuyos por el internet. Nos
miramos unos a otros sin dar respuesta. Elvis reía tímido. Estás hecho un galán
dijo Magic Wils esta vez acercándose en dirección de Elvis. Vaya que poner tu
rostro para defender lo indefendible es de valientes y lanzarlos por las redes
sociales es de una osadía que… Magic Wils reía con sarcasmo demostrando que
todo lo que decía lo hacía en son de burla mientras se volvía a empinar su
trago. Elvis trataba de evadir las provocaciones de Magic Wils quien cantando
“suelta el mechón de tu pelo” despeinaba el gelatinoso flequillo que Elvis
solía usar.
Vaya energúmenos, decía
Magic Wils, es hora de pasar a otro nivel y cantando con desafino pidió a una
de las chicas que le llevara una buena dosis de polvo blanco que él se
encargaba de distribuir sobre la mesa sin importarle que un poco se dispersara
sobre el tablero de Risk. Hoy si hijos de su router, aprovechen que ésta acaba de llegar de la isla de la
fantasía por cortesía de uno de nuestros amigos de la tele. Al escuchar la
orden, el Gordo Buñuelo tomaba un poco de aquella coca y se la ponía en las
tetas de una de sus asistentes a quien inmediatamente después le daba su buen
narizaso. Elévame con tus globos nena. Elvis con su peculiar mirada que parecía
faro sin dirección, seguía inmutado frente a todo aquello. Mientras otra de las
asistentes le acercó un billete de cien dólares a Magic Wils quien lo enrolló y
lo usó para llevarse una línea con toda la pasión que eso le generaba. Esto es
lo único bueno que hizo tu tata, le expresó a Elvis, traernos los dolaritos que
para lo único que en verdad sirven es para darse sus buenos toques porque para
lo demás no sirven para ni mierda puto pisto sin base, falso, como estas putas
y como nosotros también o como este gordo cerote -dirigiéndose al Gordo
Buñuelo- que para lo único que sirve es para darle paja a la gente en la
televisión.
El estado de ánimo de Magic
Wils nos incomodaba a todos, pero nadie decía nada pues sabíamos que alguna
discordia con él podía significar nuestra sentencia de muerte. Esa tarde yo
tuve algo de suerte pues no me dedicó ninguna de sus ofensas y podía sentirme
un tanto ajeno de aquel palabrerío que manaba de la tosca boca de Magic Wils.
2.
Nosotros éramos del equipo
de creatividad de la sección de editorial y censura de la R.S.E. S.A. de T.V.
Un grupo propagandístico de élite que solíamos juntarnos una vez a la semana
para esbozar y desarrollar los lineamientos de la estrategia editorial que
debíamos llevar; si bien los cuatro éramos funcionarios de comunicaciones
quienes trasladábamos las ordenes “de arriba” a todos los medios de
comunicación bajo nuestro control: televisión, radio, prensa escrita y digital;
teníamos amplios poderes para orientar lo que debía o no aparecer en esos
medios; casi todos recibían nuestras órdenes, también contábamos con muchos ‘analistas’
que aparecían como independientes pero a quienes les dictábamos lo que deberían
de decir en sus columnas o en los programas de opinión que eran arreglados
también por nosotros. Incluso
orientábamos a líderes religiosos de todas las expresiones que salían diciendo
cualquier cosa que nosotros les ordenáramos. Por ello, para motivar nuestra
creatividad, los jefes siempre nos tenían las mejores condiciones; es decir un
salón especial con mucho whisky, drogas y la compañía de lindas edecanes que la
empresa prostituía con famosos clientes del jet set nacional. Más de una vez
fuimos acompañados por alguna reina de belleza y hasta contamos con la
presencia de alguna cantante mexicana ex-amante de un ex-presidente por cortesía
de nuestra cadena aliada en aquel país donde dicen que se firmó la paz.
Esa tarde como todas las
tardes en que nos reuníamos, tratábamos de hacer un análisis de lo que estaba
aconteciendo y medir a través de fuentes poco transparentes lo que se decía en
la opinión pública. Para nosotros hablar de opinión pública era medir en la
práctica si nuestro mensaje había llegado a la mayor parte de la población, si
ésta expresaba ‘libremente’ de manera casi literal los mensajes que nosotros
imponíamos a través de la repetición incansable de estos a través de los
medios. Dicen que ese método lo inventó un tal Goebbles, pero nosotros lo
habíamos llevado a niveles más efectivos. Por ejemplo, si queríamos hacer
mierda a un adversario de nuestros patrones, decíamos, de las formas más
sutiles a las más obscenas, que esa persona era una mierda y si la gente luego
de un sondeo de “opinión pública” repetía que esa persona era una mierda,
sabíamos que lo habíamos hecho bien. Si por el contrario, los enemigos de nuestros
patrones colocaban un tema en los medios que no les favorecía, nos correspondía
a nosotros cambiar el mensaje y hacer que aquello se olvidara. Tuvimos mucho
trabajo cuando se destaparon sendos casos de corrupción pero gracias a nuestros
buenos oficios ya casi nadie los recuerda, a tal punto que jamás se
investigaron. Todo esto lo hacíamos mientras nos drogábamos porque no había
otra forma más efectiva para crear realidades paralelas y nuestros patrones lo
sabían muy bien.
A nosotros nos gustaban las
encuestas porque así podíamos medir la efectividad de nuestras campañas; por
ejemplo cuando nuestro partido cayó en un bache por los mencionados casos de
corrupción, hicimos una campaña para hacer creer que todos los partidos eran iguales
de corruptos, una mierda; meses después casi todo el mundo opinaba de esa
manera, la población repetía como un mantra “todos los partidos son iguales,
son una mierda”. Nosotros sabíamos muy bien que una encuesta de percepción tiene
como objetivo evaluar la influencia de los medios de comunicación en la
población; por ello nosotros ordenábamos a los medios lo que debían decir y
cómo lo debían decir; por ejemplo, si uno de nuestros adversarios estaba muy
bien posicionado simplemente no publicábamos nada de él, no lo mencionábamos,
lo desaparecíamos para anularlo por completo de la opinión pública. Cuando esto
no funcionaba, entonces nos inventábamos una historia incriminatoria,
multiplicando las ideas en las que se le inculpaba (y hasta se le sentenciaba).
Si era un sujeto común, lo desaparecíamos y luego se justificaba que lo que había
pasado le había pasado por pobre, otra simple víctima de la delincuencia común.
Cuando estábamos de buen humor nos inventábamos campañas esperanzadoras para que
la gente se identificara más con nuestros patrones con campañas como Pray for them o We are them, etcétera. Así la gente se conmovía ante el sufrimiento
de nuestros jefes olvidándose incluso de sus propios problemas. Lamentábamos no
tener una industria cinematográfica en la que podíamos producir sendos montajes
fílmicos como en Hollywood, por ello sólo nos quedaban los noticiarios para
mantener entretenida a la población con nuestras historias de ficción.
3.
Esto lo sabía Elvis como
–evidentemente- todo mundo lo sabe. Lo que él no sabía era cómo hacerlo
efectivo y por eso lo habían enviado con nosotros. Su tarea era inventarse una
historia para distraer a la opinión pública con algún tema sin importancia
mientras nosotros encontráramos un caso relevante que pusiera en jaque a
nuestros adversarios. Pero Magic Wils se había alterado porque no comprendía
cómo una persona incompetente como Elvis, había sido enviado a lo que él
siempre consideró el grupo de élite de los aparatos de ideologización de los
grupos dominantes. Pese a su pensamiento burgués nunca le habían gustado las
prebendas, los hijos de papi que utilizaban sus ínfulas para escalar puestos. Y
por eso aquel día le había entrado una gran cerotera contra el tímido muchacho.
Pero por un momento Magic
Wils se había tranquilizado de la jodedera que tenía, estaba muy concentrado en
el juego de Risk por atacar Venezuela, puso las fichas que le correspondían por
norma, tomó los dados y anunció: ataco a Venezuela desde América Central. Elvis
lo miró sin sorpresa pues había comprendido en poco tiempo que en el juego del
Risk por una extraña razón, Venezuela era el territorio que más nos
disputábamos. Hubo varios intentos pero no fue suficiente, por lo que el juego
continuó y Magic Wils aprovechó para llenar su vaso y darse también un
pericazo, momento en el que notó que el Gordo Buñuelo ya no estaba interesado
en seguir jugando y lo miraba clavado con ojos de maniquí.
Vos gordo cerote, no sé cómo
putas no te morís. El Gordo lo miró y sólo hizo una mueca que pretendía ser una
risa. ¿Ya viste? me preguntó, parece que en este equipo sólo habemos dos
personas valiosas, el resto es puro ripio el que nos han mandado. Este pedazo
de mierda nada más sirve para ponerse loco y andarle tocando el culo a las
chamacas en la tele. Me estás oyendo pedazo de mierda, cerotillo con ojos.
Parecía que Magic Wils iba a sacar todo su repertorio de puteadas, cuando Elvis
por fin reaccionó y le dijo: ya calmate, o sea, dejá en paz a la gente. Ve y
este igualado que ni hablar puede, mirá mono cerote, si vos estás aquí es por puro
cuello, entendés, que si no fuera por tu tata y por los de arriba, vos putiando
estarías en la zona rosa o Miami. Elvis dejó entonces su impulso y volvió a
quedarse callado.
En realidad todos nos
quedamos como mudos pues sabíamos que si Magic Wils seguía tenso, más de alguno
iba amanecer serenado en cualquier cuneta del país. Escúchenme bien hijos de su
grandísima router, aquí nadie se me
va poner al brinco, que el que la cague sabe que lo mato hasta con la punta de
la moronga y luego doy la orden de que fue por vínculo con pandillas que así me
he cargado a mucha gente para favorecer a los patrones. Magic Wils tomó otro
trago y miró a su alrededor como esperando alguna reacción nuestra, quizá el
último comentario no fue el más acertado pues lo ponía en una situación
compleja, sobre todo ante Elvis que hasta ese momento desconocía tal dato. Así
que respiró profundo, nos miró a todos –jalando mocos- se rió.
Elvis lo espetó, quería
saber el trasfondo de su conducta y que porqué la había agarrado contra él. Magic
Wills, enrojecido quizá por la vergüenza, quizá por el exceso de whisky
respondió casi enseguida, como un empuje del instinto.
-Mirá mono, la mera onda que
vos me caés mal porque sos un gran pipiolo, porque no la sabés menear.
El muchacho lo miró con
incertidumbre, había tocado una fibra bastante delicada en su autoestima, dudar
de su orientación sexual lo descompensaba a tal punto que los ojos se le
pusieron brillosos. Como pudo, retomó el aliento y amenazó que abandonaría el
equipo si tanta incomodidad nos generaba. Ese fue un golpe bajo pues sabíamos
que si Elvis se retiraba, tendríamos represalias de los de arriba a tal punto
de perder nuestro trabajo y así también cualquier oportunidad de escalar
puestos. Nos miramos unos a otros y de forma casi coreográfica nos empinamos
sendos tragos.
De manera insólita, Magic
Wils se levantó de su asiento, se acercó hacia Elvis, se disculpó y como
muestra de compensación por la ofensa, le pidió que escogiera a una de las
chicas edecanes de la R.S.E. S.A. de T.V. y se la llevara a una de las
habitaciones. Al principio Elvis no quiso aceptar pero ante la insistencia
accedió. Las chicas se pusieron de pie formando una fila y como un desfile de
modas pasaron ante los ojos de Elvis quien al final se decidió por una y esta
lo llevó de la mano, el resto esperamos mientras hablamos de cosas sin
importancia, clavados en la tele apostando sobre el nuevo embarazo o los
problemas de drogadicción de la actriz de turno pensando cuál sería la
estrategia para ocultar los problemas de nuestros jefes hasta que, un par de
minutos después, la chica salió de la habitación con una expresión entre burla
y frustración. Al notar nuestras miradas de interrogación, la chica apenas
dijo:
-Ay dios, si a este bicho lo
que le gusta es que le pongan su misma canción. Este Elvis no sabe bailar.
Elvis
salió despavorido del salón y sollozando se despidió de nosotros. Daba la
impresión que no lo tendríamos de nuevo en el equipo. Magic Wils quitándole
importancia al asunto se rascó una nalga y tirándose un pedo nos dijo que para
esa semana hablaríamos de las prácticas masturbatorias en los funcionarios
públicos y su relación con la calvicie y el sobrepeso. Todos reímos ante la
ocurrencia. Ya teníamos tema para seguir distrayendo a la población.
lunes, 5 de diciembre de 2016
EL CASO MORRISON
EL CASO MORRISON
Erick Tomasino
1.
Mi nombre es Enrique Fasso.
Soy investigador privado y me especializo en casos de infidelidad. A mi oficina
llegan muchas solicitudes de personas que quieren que les resuelva dudas
relacionadas con sus parejas cuando presuponen que les están jugando la comida.
La mayoría de mis clientes son mujeres que buscan confirmar sus sospechas
respecto al marido que las engaña. Estas sospechas casi siempre son falsas,
pero he aprendido en este negocio que es mejor decirles lo que esperan escuchar
que decirles la verdad. Así, si se resuelve el caso tal como ellas lo esperan,
puedo cobrar una jugosa bonificación. A veces he mentido y en el caso de que el
adulterio sea cierto, cobro por partida doble; es decir que cobro tanto al
cliente inicial que sospecha, como a la pareja infiel a quien descubro. Por
ello –debo admitirlo- he falseado pruebas para mostrar a mis clientes que su
pareja le engaña o he chantajeado a los otros para no dejarlos en evidencia.
Últimamente el negocio ha
decaído, con esa saturación de lo que llaman “redes sociales”, profesionales
como yo ya no somos tan necesarios. Es tan fácil dar seguimiento a la pareja y
sospechar de sus engaños bajo los códigos virtuales del rastreo y seguimiento.
Pero aún con este hecho, siempre sale una que otra persona ansiosa de develar
el secreto evidente de la mentira y me contrata.
En especial recuerdo la vez
que una mujer de avanzada edad entró de súbito a mi oficina, yo siempre
prefería que mis clientes llamaran por teléfono antes para acordar una cita,
así sabría de antemano si aceptaba o no el caso, sin embargo ella rompió con
esa regla que, a decir verdad, sólo yo cumplía.
A esta mujer me parecía que
ya la conocía de algún lado, minutos después reaccioné que era una de esas
personalidades de las esferas del poder que solía aparecer en los noticiarios
emitiendo incendiarios comentarios contra sus adversarios políticos. Al
acercarse a mi escritorio noté que cuando quería parecer graciosa, no era ella
sino el botox quien reía. No era para nada atractiva, pero como dice un
amigo mío, tenía un sex appeal que la hacía llamativa. Su nombre era
Elizabeth Reina, una exfuncionaria de gobierno con altos cargos dentro de su
partido y conocida en los pasillos del chisme político como “La Octopussy”,
apelativo asignado porque supuestamente en su juventud se parecía a Maud Adams,
una seductora chica Bond en la época en que Roger Moore encarnaba al famoso
agente.
Bety –como me pidió que le
llamara- entró con la urgencia de quien quiere resolver un asunto de vida o
muerte, se veía alterada, le pedí que se sentara y así lo hizo. Puedo fumar me
preguntó. Seguro le dije. Al mencionar la palabra “seguro” me lanzó una furtiva
y nerviosa mirada, parecía que algo la incomodaba. Sin embargo se ubicó en la
silla y mientras prendía su cigarrillo se cruzó de piernas, acción que reveló,
más que una voluptuosa piel como suele suceder en este tipo de escenas, un
fustán color talpa jocote que me recordaba a las prendas mata pasiones que
solía usar mi ex esposa. Bety, al igual
que en la mayoría de los casos, pretendía que yo siguiera a su marido para
saber si se la estaba bajando con otra; lo curioso que en este caso su pareja
no era un viejo verde sino que se trataba de un muchacho joven a quien Bety le
llevaba muchos años de anticipo y de quien sospechaba que la engañaba con otra
mujer. Sus dudas se basaban en que él salía todas las tardes de su casa por el
mismo lapso sin dar un motivo claro. Él –me confesó- era uno de esos tipos que
pese a su juventud, no realizaba ninguna actividad que pudiera argumentar sus
largas ausencias cotidianas; era uno de esos que gracias a las condiciones
propias de su clase “ni estudiaba ni trabajaba” más por pereza que por
carencia. Quería que siguiera sus pasos y le informara de lo que hacía cuando
se ausentaba de casa, quería saber a dónde y con quién se reunía. Bety vino con
una fotografía del susodicho impresa en papel simple, el tipo en efecto –al
menos en apariencia- era varios años menor que ella, razón suficiente para que
asumiera que la presunta mujer con quien se encontraba era también joven. La
foto no permitía detallar el aspecto del tipo, sí parecía una de esas fotos
sacadas “para el feis” con una sonrisa falseada por la amenaza del
obturador que le daba la apariencia de un joven alegre encantado con la vida.
El caso me parecía bastante
fácil, pero mi tasa de honorarios dependía de hacer creer que era difícil por
los riesgos que se asumían, así como también de las condiciones económicas del
o la cliente. Esto es pan comido pero me llevaré una buena cuota, pensé. Así
que le dije a Bety que tomaría el caso y le di un papel con la cantidad de lo
que costaría el trabajo, cincuenta por ciento ahora y el otro cincuenta al
terminar más el diez por ciento de imprevistos; terminar significaba entregar
un sobre con pruebas, fotos, grabaciones y un folio describiendo el modo de
operar del sujeto. Sólo quiero saber dónde y con quien se reúne, reiteró. No se
preocupe, mi trabajo es garantizado. Bety salió confiada en que resolvería el
caso satisfactoriamente. Más tarde aparecería en la televisión quejándose de
ser víctima de persecución política tras haber sido denunciada por un “mal
manejo de fondos públicos” que –según la nota- rondaba varios millones de
dólares. De haberlo sabido antes le habría cobrado más por mis honorarios.
2.
Carlos Jaime, hombre,
treinta y cinco años de edad con estudios no concluidos de derecho en una
universidad privada, relación sentimental "es complicado" (así se
leía en su perfil digital). Especial afición por los carros, la música rock,
principalmente las baladas románticas de los años sesentas, setentas y
ochentas. A parte de una que otra fotografía en algún sitio turístico apenas
abrazado de un grupo de amigos, no había mayor prueba para fundamentar
sospechas en contra de él; es más, la mayoría de sus álbumes fotográficos
tenían relación con su pasión por los motores o luciendo camisetas de sus
bandas favoritas, en definitiva me parecía que llevaba una vida demasiado
simple y monótona pese a las condiciones materiales casi infinitas que Bety le
daba como muestras de su amor. Y por supuesto, como dato importante, no había
ni una foto junto con ella ni de ella. Pero tampoco fotos con otras mujeres.
Una vez agotado el rastreo
virtual era momento de pasar a la de seguimiento de campo. También me parecía
sencillo tomando en cuenta que Bety me había dicho que Carlos Jaime solía salir
todos los días a la misma hora por un lapso aproximado de tres horas para
retornar a casa a la misma hora, según datos corroborados con los vigilantes de
la casa. Así que me dispuse a seguirlo, el día elegido fue un viernes por el
ambiente de fiesta que ese día suele pulular en la capital y por el olor a sexo
desenfrenado que deambula por las calles.
Estacioné mi auto a unos
cuantos metros del portón de la casa de Bety apenas unos minutos antes de la
hora que Carlos Jaime habituaba salir, el tráfico de la ciudad había estropeado
mi plan original y con suerte no llegué demasiado tarde como para perderle la
pista. Leyendo la bitácora del caso, recuerdo que ese día salió exactamente a
las tres con dos minutos. Lo primero que me sorprendió fue que, a pesar de su
pasión, no conducía un súper auto sino uno más bien modesto. Tomó dirección con
rumbo sur poniente precisamente a una zona de apartamentos muy cerca de la zona
de centros comerciales y bares a la que acudían los chicos de su clase. En uno
de los semáforos casi le pierdo la pista pues al ponerse la luz en amarillo él
aceleró cruzando la calle a toda velocidad, mientras yo tuve que detenerme
debido a mi maldita costumbre de respetar las señales de tránsito. Parado por
unos segundos, una voluptuosa mujer se acercó a mi ventana para entregarme
varios promocionales mientras el semáforo volvía al color verde. Para mi suerte
el tráfico estaba tan pesado que Carlos Jaime apenas había avanzado unos metros
y logré retomarle la pista. Seguimos por varias cuadras hasta que se introdujo
a uno de los complejos habitacionales entrando sin mayor dificultad, parecía
que el vigilante encargado del ingreso lo conocía muy bien debido al saludo
ameno con que lo recibió. Para mí, entrar en aquel lugar implicaba un poco más
de esfuerzo pues debía tener una buena excusa para ingresar. Así que tomé la
decisión de parquearme a una cuadra del edificio para seguir a pie.
Mientras verificaba si
dejaba bien cerrado mi carro, noté que los promocionales que me había dado la
voluptuosa mujer del semáforo eran de un famoso nigthclub de la zona, tomé aquel fajo y los llevé conmigo. Me
acerqué al portón y el vigilante me pidió la dirección exacta y el motivo de mi
visita, lo observé pensativo por unos segundos, sin mayor detalle le dije que
era repartidor y le entregué uno de los promos, si lo lleva esta noche puede
participar en nuestras excelentes rifas, el hombre me miró entre sonriente y
cauto, como no lo veía muy convencido de mi estratagema y al no tener otra
excusa tuve que sobornarlo, le dije que seguía al chico que acababa de entrar y
que no hiciera más preguntas o ambos nos meteríamos en problemas, le extendí la
mano y me miró sorprendido pero agradecido por los billetes estrujados que le
entregué sin saber la cantidad exacta de la mordida. Lo que parecía más difícil
había sido superado. El hombre además se quedó con todos los promocionales del nigthclub.
Me acerqué unos cuantos
metros al apartamento cuya dirección me había brindado el vigilante. Al
acercarme sigiloso, noté que Carlos Jaime se encontraba cerca de la ventana que
daba hacia la terraza y parecía muy concentrado mirando hacia una pared. Tenía
puesta una música de fondo que sonaba muy estridente y mis sospechas iniciales
me llevaron a especular que se encontraba con su amante. A este caso cobro por
partida doble, pensé.
Seguí así por varios minutos
anotando cada movimiento en mi libreta. Carlos daba vueltas al ritmo de la
música como quien hace una fonomímica. Para mi sorpresa, Carlos Jaime advirtió
mi presencia, se acercó a la terraza, sonrió e hizo un gesto con la cabeza,
luego hizo otro en señal de que me llamaba para que entrara al apartamento.
Como no podía disimular, me acerqué hasta la puerta y antes de tocar el timbre,
Carlos Jaime abrió diciendo "pasá adelante, man".
Entré y mi segunda sorpresa
fue no encontrar a nadie más, el tipo estaba solo, con la música a todo
volumen, mientras tanto yo me iba poniendo nervioso pensando que aquella
invitación fuera una trampa en contra mía. Por solicitud de Carlos Jaime, me
senté y accedí a un trago que muy gentilmente me ofreció, bajó el volumen al
equipo de sonido. "¿Te mandó la ruca?, va". Así es le respondí
asumiendo que hablaba de Bety. "Esa maitra está loca, man, si vieras que
sólo taloniándome quiere pasar". Yo guardé silencio por unos segundos
hasta que por fin me animé ¿Porque decís eso? ¿A qué crees que se deba?
Pregunté con una súbita confianza. "Nel, la mera onda que puro vacil de
ella, así trató a sus exmaridos y así me quiere tener controlado a mí". La
forma de hablar de Carlos Jaime me impresionaba, me había sacado de mis prejuicios
de índole clasista al suponer que la burguesía se manejaba en un lenguaje
refinado.
Carlos Jaime sacó un
encendedor y lo movía de un lado hacia otro como quien se espanta las moscas.
Lo encendía y lo apagaba, perdida su mirada en la llama. De pronto prosiguió:
"Pues la mera onda está así, que yo a esa maitra le cuidaba las espaldas y
de repente man, que va y me dice que se siente sola, que si quiero vivir con
ella y yo puesí, ni lento ni perezoso que le digo simón y al ratito va ya
estábamos endamados" ¿y qué pasó después? "la mera onda que puesí,
sólo mandándome quiere pasar, que hacé esto, que vestite así y esa onda nel ya
no me llega, encima sólo gritándome, algo desaforada la ruquita esa, yo no sé
si soy su marido o su cholero; así que cuando puedo me doy mis escapadas para
acá donde me siento más tranquilo ¿me agarrás la onda?" Aquella era la
justificación que Carlos Jaime daba pero me parecía tan poca excusa, pues desde
mi punto de vista era algo que se podía hablar y resolverlo, sobre todo estando
con una mujer acostumbrada al parlamentarismo.
Nos tomamos otro trago y
Carlos Jaime mirándome directo a los ojos notó mi incredulidad. Tomó de nuevo
el encendedor de tal forma que me parecía un pirómano que quería quemarme vivo.
Sonrió y suspiró, se puso de pie y se dirigió a una habitación, me imaginé que
iría a sacar un arma y matarme en ese momento, me rasqué la panza y me acordé
que yo nunca había usado una. Era un detective pacifista. Carlos Jaime regresó
y para mi fortuna no era una pistola lo que traía sino un sobre de papel manila
tamaño carta de veintiuno punto cincuenta y nueve centímetros por veintisiete
punto noventa y cuatro centímetros que en su interior contenía un montón de
papeles. Sorprendido le pregunté de qué se trataba y me dijo que eran unas
pruebas que había encontrado en la habitación de Bety que daban cuenta de unos
tales desfalcos. Vaya a saber qué es eso, pero pensé que era algo serio.
“Simón, es serio y creo que la maitra sabe que yo los tengo, por eso me anda
taloniando para darme gas, como sabe que no puede hacerlo en su casa, está
procurando hacerlo como si fuera un accidente. Por eso te ha mandado a vos,
para que me ubiqués y luego darme en la nuca”. Curioso hojeé aquellos papeles,
había balances financieros, copias de correos electrónicos y -para sorpresa
mía- una foto de Bety en lencería con una exposición estilo bondage, la foto en blanco y negro le
daba un toque artístico. Al reverso una frase escrita a mano “Para la reina que
enciende mi fuego” firmada de tal manera que el nombre no era legible. Intenté
quedarme con ella, pero Carlos Jaime no me quitaba la mirada de encima. Se la
devolví.
Yo tomé otro trago y ya me
sentía algo cerote. Era una terrible confesión aquella, le dije que tranquilo,
que sabiendo de lo que se trataba que confiara que de mí no saldría ni una
palabra. “Pero no te vayas a chiviar loco, que yo en esto no cuento con nadie y
prefiero darme a la fuga antes de que me balaceyen”. Me explicó que Bety era
capaz de todo. Le insistí que tranquilo, que ya vería cómo me las arreglaba.
Que su esposa no le haría nada. Evidentemente estaba mintiendo pues yo lo que
quería era salir de ahí tan pronto como pudiera.
Carlos Jaime se notaba
indignado por el trato que Bety le daba. Hasta cierto punto sentí solidaridad
con aquel joven de peculiar hablado. Mientras él seguía sosteniendo aquel
encendedor que prendía y apagaba amenazadoramente. Luego de un breve pero
intenso diálogo con aquel muchacho y al observar que en este caso no había ni
un sólo rastro de infidelidad y sentir que estaba desperdiciando mi tiempo y mi
vida, además de que su manía con el encendedor me tenía muy nervioso, no tuve
sino que despedirme agradeciéndole su tiempo y su confianza y prometiéndole que
no le diría nada a Bety sobre los verdaderos motivos de sus escapadas ni el
lugar donde buscaba refugiarse. "Quedate para otro trago" me pidió.
No gracias, debo irme. "Entonces dejá la puerta abierta" ordenó. Salí
siguiendo sus indicaciones y me dirigí a paso lento hacia la salida.
Caminando hacia el portón de
seguridad a pocos segundos de haber salido de aquel apartamento, se escuchó un
grito estruendoso como de alguien que libera su “ki”, como de quien ahuyenta
sus miedos o el de un potro alazán a punto de iniciar un largo recorrido, del
susto que me dio tremendo alarido y como ya iba medio bolo, caí de bruces al
suelo y tardé un rato en reaccionar, cuando lo conseguí volví a ver tímidamente
en dirección hacia el apartamento y noté que Carlos Jaime se encontraba
desnudo, bailando mientras sostenía frente a él la fotografía de Bety, mientras
que en la mesita de centro se quemaban los papeles que me había enseñado antes.
En el apartamento, mientras
empezaba a arder todo en llamas, identifiqué que la canción que se escuchaba
decía algo así "come on babe, light
my fire", la habitación se incendiaba a la velocidad de la luz "come on babe, light my fire",
mientras Carlos Jaime bailando y haciendo su peculiar fonomímica se masturbaba
cantando fogosamente "Try to set the
night on fire".
3.
Aquella tarde volví a casa,
decidí dejar mi profesión durante algún tiempo, pensé en cambiar de dirección
para que Bety no me encontrara y me pidiera una devolución por no haber
resuelto el caso, haciendo eco de las palabras de Carlos Jaime: “Bety es capaz
de todo”. Encendí la tele y me serví una cerveza bien fría, quería olvidar lo
sucedido, pero justo Bety “La Octopussy” aparecía en el noticiario denunciando
ser víctima de una conspiración. Yo nada más me la podía imaginar en aquella
foto en blanco y negro con su perfil de bondage
“para la reina que enciende mi fuego”. Me estaba excitando pero viendo
aquella mujer en la televisión notaba que cuando trataba de ser graciosa, no
era ella sino el botox quien sonreía.
viernes, 14 de octubre de 2016
PIERNAS LOCAS
PIERNAS LOCAS
Erick Tomasino
Su padre siempre lo preparó
para ser el mejor atajador de todos los tiempos. Quería que fuera mejor portero
que Magaña o aún mejor que “La Araña Negra” Lev Yashin. Quizá por haber nacido
un quince de junio de mil novecientos ochenta y dos, día en que por una mala
jugada de dios le propinaron diez goles a la selecta con el pobre de Ricardo
Guevara Mora como arquero, su padre decidió que había sido el destino y no otra
cosa lo que orientaba que su hijo debía salvar la imagen del país. Tenés que
ser el mejor de todos los tiempos le indicaba casi como una orden militar, pero
Piernas Locas nació para el dribling,
para llevarse por encima a todos los rivales, para construir jugadas en el
medio campo y hacer goles de antología. Con su porte espigado y flacucho era el
mejor delantero que se haya visto en los arrabales de aquel cantón extraviado
que nadie sabe ubicar en el mapa. Lo demostraba cada tarde de juegos
improvisados mientras llevaba a pastorear las dos vacas familiares en aquel campo
que funcionaba al mismo tiempo como potrero y como cancha de fútbol. Por más
jornadas de arduo entrenamiento que su padre le hizo sufrir bajo los tres
palos, Piernas Locas demostró que era un chico de campo.
En la escuela no le
interesaba nada de aritmética ni de geografía, apenas había escuchado de un
país llamado Brasil, del cual sabía que había ganado la copa del mundo del
noventa y cuatro y del cual no le importaba el nombre de su capital. Pero
aprendió a celebrar los goles como su ídolo Bebeto, aunque Piernas Locas a esa
edad nunca había llevado un bebé en los brazos. Su vida era el balón en sus
pies al que sabía llevar felizmente hacia el gol, eso lo supo mientras
estudiaba el bachillerato cuando, jugando para la selección del instituto, hizo
uno de los goles más recordados por su generación y que le valió ganarse un
besito de la reina del instituto. El gol era también alegría.
Uno de sus profesores,
profeta de los cracs, al advertir que el talento de Piernas Locas no estaba en
los salones de clase sino en las canchas, lo llevó a probarse con el equipo
local de la tercera división que rápidamente lo fichó como una de sus promesas
y que a los pocos meses lo cedería a las reservas de uno de los clubes más
importantes del país, equipo que inmediatamente lo vio como uno de los suyos,
como el sustituto de la magia de uno de los mejores futbolistas de toda su
historia, aunque para esos días no le daban ni para el pasaje del autobús; es así que en esos
primeros meses como reservista del equipo, acudía a los entrenos con dinero
prestado o lo que le daba su padre como producto de la venta matinal de la
leche que le extraían a las dos vacas familiares. Pero poco a poco se fue
haciendo un lugar en el equipo e inmediatamente fue convocado para el plantel
mayor, había promesas de salario y premios. Piernas Locas sólo quería jugar.
Cuando debutó en la liga
mayor, apenas comido y vivido, metió tres goles de leyenda, en las estadísticas
quedó como el primer “hat trick” de un debutante en un torneo, parecía que
bailaba twist con el balón. Había nacido un nuevo ídolo de la fanaticada a
quien ya le habían llegado los rumores de la novel promesa, pero que hasta esa
tarde fue testigo de ello. Ni uno ni dos ni tres rivales daban abasto para
marcar aquel chico que llevaba en sus piernas una joya del fútbol nacional, fue
en ese momento que por su particular manera de driblar le apodaron el Piernas
Locas.
Asentado ya en el equipo
soñaba cada vez con cosas más grandes. Una vez le preguntaron para qué equipo
le gustaría fichar, dudó un momento, pero luego respondió casi salomónico: para
el Real Madrid o para el Barcelona, porque sépase bien, que en la cabeza de
Piernas Locas no había lugar para las ideologías ni disputas históricas, poco a
poco se fue enterando que la única ideología en el fútbol es la de las
ganancias que se miden en millones de dólares. Lo supo cuando luego de ganar la
liga nacional en aquel año, le dieron como premio un auto que aprendió a
manejar de poco a poco.
La siguiente temporada
iniciaba con la noticia de que Piernas Locas sería el único jugador en toda la
liga en ser fichado por más de una temporada, un acontecimiento histórico para
una liga de semi profesionales que cada año tenían que renovar contrato o jugar
casi de gratis. Es así que ese año pudo comprarse una casa y otro carro, volvió
a su pueblo para ofrecerle matrimonio a la ex reina del instituto con quien
meses después se casarían. Ese año volvió a ganar la liga y el título de máximo
goleador. Piernas Locas era todo un ejemplo para chicos y grandes.
Su profesión iba en ascenso,
el siguiente año volvería a ser noticia al firmar para una importante marca
deportiva un contrato de patrocinio, ni equipos enteros lo habían logrado nunca
y Piernas Locas era así el primer jugador que lograba rubricar un contrato
individual con una empresa, luego le sucedieron otras y el rostro de Piernas
Locas aparecía en banners, rótulos, spots televisivos y hasta en camisetas. Era
la imagen de gaseosas, yinas y empresas lotificadoras. La gente lo adoraba, era
un verdadero ídolo nacional de masas. Fue así como lo convocaron a la selección
nacional y uno de los sueños de infancia de Piernas Locas se hacía realidad. No
hay que obviar que en su debut con el equipo de todos, en una ciudad de Estados
Unidos y en una estupenda noche y pese a las genialidades de Piernas Locas
perdieron, es así que aprendió de la derrota sin perder las esperanzas. Sin
embargo, esa noche le dieron ganas de tomarse un vaso de leche con vodka.
Pero Piernas Locas no se
dejaba vencer y en el segundo juego de la gira, se echó el equipo a los hombros
y lo encaminó a un sendo triunfo contra una selección del Caribe del que
Piernas Locas nunca había escuchado, pero lo celebró a lo grande. Al ser
entrevistado por un periodista de una importante cadena de televisión, sus
inmortales palabras quedaron registradas: “Bueno, primeramente quiero agradecer
a dios por este triunfo y a la noble afición que vino a darnos el respaldo, lo
importante fue que nos aplicamos, seguimos las recomendaciones del profe y
dimos el todo por el todo, sólo nos queda seguir trabajando y pensar en el
próximo partido”. Piernas Locas se rascó la nariz y se retiró corriendo a las
duchas.
De regreso al país le
informaron que en su equipo tendría un nuevo compañero de ataque, su nombre era
Fernandinho Pipoca, un brasileño que había llegado para reforzar la delantera,
la magia de ambos los convirtió en una de las duplas más temidas en todo el
redondo nacional. Casi como por arte de magia, ambos arietes se entendían en el
campo como si se hubiesen criado juntos. La afición enloquecía cada tarde de
fútbol.
Aquella temporada los dos
llevaron al equipo a una nueva copa, disputando entre ambos el liderato de
goleo que rompió records históricos y por ese mérito llegaron de nuevo los
premios, los agradecimientos, firmas de nuevos patrocinios, ofertas de otros
equipos nacionales y extranjeros. Ese mismo año nació el primer hijo de Piernas
Locas.
El padrino –como no podía
ser de otro modo- fue Fernandinho Pipoca. El bautizo del pequeño ídolo apareció
en las portadas de los principales periódicos y revistas del país; la prensa
rosa lo aprovechó muy bien y era la comidilla en casi todos los medios. La
gente lo quería mucho y se emocionaba con la presencia del pequeño príncipe,
descendiente de aquel que había alcanzado el éxito y que seguía subiendo como
la espuma. Pero se venía una nueva temporada y había que volver a los entrenos.
El equipo les informó que
debido al gran éxito alcanzado, habían sido invitados a realizar una gira por
los Estados Unidos, ya había fechas comprometidas para jugar en las principales
ciudades donde había compatriotas que -hay que decirlo- vivían en una situación
irregular pero que aun así podían enviar remesas y pagar sus entradas, por lo
tanto había que llevarles alegría y qué mejor que un buen espectáculo con
Piernas Locas como protagonista y de Fernandinho Pipoca como el mejor de sus
compinches. Piernas Locas se emocionó pues uno de los directivos les prometió
una jugosa bonificación, se emocionó porque pensó que con ese dinero podría
ampliar el lote donde vivían sus padres y poder construir una piscina para
recrearse con los suyos. Piernas Locas seguía siendo un chico de familia.
Al final de la reunión con
todo el equipo, Fernandiho Pipoca se le acercó para invitarlo a celebrar,
celebrar qué, nuestra amistad y los triunfos compartidos dijo él en un portuñol al que Piernas Locas ya se
estaba acostumbrado. No puedo dijo él, tengo que volver a casa, porra pa’carajo
fue la expresión de Fernandinho Pipoca, no credo, si tú estás un adulto, vamos
celebrar. La expresión en los ojos de aquel alegre brasileño, terminó de
convencer a Piernas Locas, así que accedió y se fueron juntos a una zona llena
de bares y gente jovial. Piernas Locas entendió que ese era el ambiente al que
le gustaba ir a su compañero de goles, lo supo porque al nomás entrar un grupo
de jóvenes le gritó vocé, vocé, pipoca gosta da maconha y el otro más alegre
les abrazó diciendo e aí carajo, os feomalditos, mira, voy a te presentar a mi
amigo el Piernas Locas, por favor siéntense con nosotros, qué honor, qué
placer, qué orgullo tenerlos por acá. Van a pedir algo. Cerveza. Un vaso de
leche. Un qué. Toma otra cosa. Un vaso de leche con vodka. Un vodka sin leche
será. Todos reían. En eso, uno de los chicos le hizo la indicación a
Fernandinho Pipoca, ambos se pusieron de pie y se dirigieron hacia el baño.
Mientras los otros dos chicos se deshacían en elogios. Sos el más grande, el
mejor de todos los tiempos, en serio cerote, no hay nadie como vos, valen verga
los demás, firmame la servilleta, haceme un bicho. En eso estaban cuando los
que se habían ido regresaron, Fernandinho Pipoca un poco más alegre lanzó un
papelito sobre la mesa que Piernas Locas alcanzó a leer: “He aquí vuestro
placer, vuestro placebo”. Él no entendía nada, hasta que minutos después,
Fernandinho le pidió irse a sentar a otra mesa, dejando aquellos chicos solos
para quedarse ellos solos y hablar de sus temas.
Muy amena la noche, cuando
un tipo gordo, vistiendo de corbata y saco se les acercó, les preguntó si podía
sentarse junto a ellos a lo que el brasileño respondió con un sí, el hombre se
sentó casi con fatiga y simuló una sonrisa. Se fue directamente al grano y
preguntó si estaban de acuerdo con ganarse algunos dolaritos extras. Piernas
Locas pensó que se trataba de un nuevo patrocinio y muy interesado le pidió que
les explicara. El tipo gordo les dijo que sabía que el equipo haría una gira
por los Estados Unidos y se enfrentaría a importantes equipos de la región, que
sabía de la buena racha que aquella dupla tenía y que eran una de las más
prometedoras, que nadie se podía esperar menos que importantes triunfos y una
serie de éxitos y que eso les vendría bien para las estadísticas, pero la
oferta que él tenía era más tentadora. Se trataba de agenciarse unos sus buenos
billetes si hacían caso a las casas de apuestas, es decir, si en todos, todos
los partidos se dejaran vencer para que de esa forma esas casas de apuestas e
importantes apostadores ganaran un dinero fácil, de lo cual de esas ganancias
ellos se podrían llevarse una jugosa bonificación. Los dos arietes se miraron a
los ojos y Fernandinho Pipoca se mostró el más interesado y quería que le
explicara cómo funcionaba aquello. Mientras el tipo gordo y con corbata les
explicaba cómo era la movida, en el Xibalbar sonaba la música a todo volumen
que hizo más confusa la propuesta. A Piernas Locas no le quedaba muy claro y no
estaba seguro de aceptar el trato, pero el tipo gordo le pasó un papelito donde
se detallaba la cantidad que se podría ganar por cada partido perdido. Era más
de lo que ganaba por temporada, en ese negocio los dólares caían por miles.
Desconcertado al terminar la
plática, Piernas Locas decidió marcharse, Fernandinho Pipoca trató de
persuadirlo para que aceptaran la propuesta de inmediato, pero había que
pensarlo muy bien, las esperanzas de cientos de aficionados estaban puestas en
aquella maravillosa dupla y no había lugar para decepcionarlos. El brasileño lo
regañó, le dijo que se portaba como una crianza, que con ese billete podían resolver
el futuro, que jugando para equipos mierdas nunca iban a lograr nada. Piernas
Locas lo paró en seco y le dijo que lo iba a pensar, que le diera unos días,
que la cosa no era así nomás. Fernandinho lanzó una manotada al aire y dijo
¡bah! Hasta mañana entonces. Cada quien tomó su camino. En el trayecto a casa,
a Piernas Locas se le atravesó un amarillo school
bus cuyos pasajeros le gritaron que era el mejor. La gente parecía andar
desenfrenada.
Al llegar a casa, su esposa
lo estaba esperando, por qué llegás tan tarde, el niño no ha dejado de llorar,
traés hambre. Te tengo una noticia. El te tengo una noticia lo asustó un poco y
lo sacó de aquel pensamiento que llevaba entre ceja y ceja. Qué noticia, habrá
un nuevo miembro en la familia le dijo y se sobó la panza y sin esperar
respuesta del crac, le empezó a enlistar las necesidades que se vendrían,
ampliar la casa, comprar cosas, buscar una persona que le ayudara con los
cipotes y un larguísimo bla bla bla. En resumidas cuentas, vamos a necesitar
más dinero. Lo importante es tener salud, le habría gustado decirle.
Piernas Locas acostumbrado a
esas alturas a invertir en la familia, pensó que el futuro era incierto, que
los éxitos no duraban para siempre, se contaban por miles las historias de
futbolistas afamados que terminaron en la ruina y en el olvido. Había que
garantizar a su familia -cada vez más grande- cierta estabilidad. Eso pensó y
entonces decidió aceptar la propuesta de aquel viejo gordo de corbata. Se lo
contó a Fernandinho Pipoca quien lo abrazó efusivamente y ambos se prometieron
guardar el secreto. En aquella gira, que supongo todo el mundo recuerda, el
equipo del dúo dinámico perdió todos los juegos de manera insólita. Y la famosa
dupla no anotó ni un tanto. Piernas Locas incluso falló un penal que pudo haber
cambiado la historia.
Después de aquello la fama
de Piernas Locas fue decayendo, al final de la temporada, su compañero de goles
Fernandinho Pipoca abandonó al club y regresó a su natal Brasil. Piernas Locas
se quedó en solitario y ya no destellaba ni magia ni emoción, la grada se puso
en su contra y en el estadio se leían pancartas exigiendo que se fuera del
equipo. Meses más tarde se destaparían los casos de corrupción en el fútbol y
el nombre de Piernas Locas aparecía como uno de los principales implicados. La
justicia lo requirió para que diera declaraciones pero él nunca se apareció. Lo
buscaron por todas partes pero nadie daba cuenta del ex-héroe de chicos y
grandes.
En la sede del club borraron
todo registro del paso de Piernas Locas. La afición aprendió a olvidarlo como
había hecho con muchos futbolistas. La prensa rápidamente encontró otro
personaje de quien hablar. Las esperanzas se renovaron lanzando al olvido toda
la historia.
Piernas Locas desapareció
por completo. Sin embargo hay quienes afirman que ahora vive en los Estados
Unidos de forma ilegal, que con el poco dinero que logró llevarse puso una
pupusería a la que frecuentan personas indocumentadas que están en la lista de
quienes serán lanzadas como carne de cañón en alguna aventura militar con la
esperanza de obtener la residencia si vuelven con vida; compatriotas que acuden
bíblicamente a realizar su última cena y beben vodka con leche en espera de ser
enlistados al próximo contingente de invasión gringa. Dicen que ese lugar se
llama Crazy Legs Pupusas, y también dicen que en ese sitio todo mundo habla de
la guerra y nadie habla de fútbol. Nadie.
domingo, 21 de agosto de 2016
El virgen de Guadalupe
El virgen de Guadalupe
Erick
Tomasino.
Lupillo de pie frente a la cortina metálica que daba a la
entrada del burdel “El Correcaminos”, se aseguró de que llevaba los
calzoncillos nuevos recién comprados en el puesto de mercado de su tía
Angélica. Dio un profundo suspiro y justo en el momento en que había decidido
entrar, la Selena se le apareció -cigarrillo en mano- como si lo hubiera estado
esperando aquella tarde-noche. Hola papito, le dijo con una sonrisa pícara,
como una agente publicitaria que trata de convencer a su cliente de que su
producto es el mejor en el mercado. Hola, respondió Lupillo evidentemente
nervioso tratando de evitar mirar ese ángel prohibido que lo invitaba a entrar
en aquel paraíso del pecado atestado de bolos y música de rocola. Querés pasar,
preguntó ella tomando la mano del mozo que temblaba helada, vení que aquí nos
podemos relajar un rato mi amor. Lupillo, que no sabía nada de la diplomacia de
aquellos lugares dudó de la sinceridad de las palabras de la mujer, se apresuró
yendo al grano al preguntarle que cuánto le iba a cobrar por el polvo. Ella,
muy experimentada, le dio a entender que guardara silencio poniéndole el dedo
índice en los labios que a Lupillo le parecía que olía a una mezcla de sardina
con tabaco, cuántos años tenés le preguntó ella, ya casi cumplo los dieciséis
respondió él, siendo así, no podés entrar, a menos que nos vayamos directo al
cuarto le aclaró ella, pero cuánto vale el rato pues insistió él. Ella,
presumiendo que aquel cipote se le iba a ir en seco ahí mismo de las grandes
ganas que ya eran evidentes, siguiendo su juego seductor le adivinó que aquella
sería su primera vez. Lupillo cada vez más inquieto, tuvo que aceptar su
inexperiencia en las artes amatorias, la Selena se sentía un tanto motivada por
arrancarle de una sola arremetida la virginidad a aquel muchacho moreno que
sudaba y miraba trémulo hacia todos lados. En el historial de ella se contaban
por decenas los cipotes que la habían elegido para que con sus voluptuosidades
los bendijera en el serpenteado e infinito camino de la cogedera y porque
prefería a los muchachos imberbes que por su nula experiencia acababan rápido
el primer round que con los bolos experimentados que podían entretenerse por
más tiempo; así que sería un placer sumar a uno más en aquella cuenta que en
realidad sólo ella llevaba. Hoy es tu día pajarito, te voy a hacer precio
especial de introducción, andate a la mesa del fondo para que no te vean desde
afuera y ya voy a llegar para ver qué puedo hacer con vos. Lupillo entró dubitativo
con el pulso tan agitado que hacía que sintiera que el corazón se le iba a
salir como vomitado en medio de aquel lugar que parecía observarlo y castigarlo
moralmente. De los nervios no sacaba sus manos de los bolsillos de su bluejeans nuevo, uno que se había
comprado especialmente para aquella ocasión con el pisto que le habían dado en
su trabajo de peón en las fincas de café. Tal como se lo habían ordenado se
sentó en la mesa del fondo, una que estaba lejos de la barra de donde se
despachaban las cervezas y los tragos, pero cerca de aquel renglón de
habitaciones que atestiguaban los más íntimos secretos de los deseos prohibidos
de casi todos los hombres del pueblo. Desde esa ubicación, Lupillo observaba
con inquietud la dinámica del burdel del que sólo conocía por las habladas de
sus amigos, hasta ese entonces “El Correcaminos” era para él una incógnita que
le ponía su miembro viril como asta para colgar la bandera nacional. Sobre todo
observaba con ansiedad a la Selena que en ese momento despachaba unas cervezas
y unas bocas de queso frito y de chilibín a unos bolos que cantaban a todo
pulmón unas canciones de Rudy La Scala mientras un viejo bailaba pegado con
otra de las muchachas en el centro de aquella sala atestada de colillas de
cigarro y escupidas que a esa altura apenas eran marcas pegajosas en el piso.
Lupillo se emocionó al ver que la Selena se dirigía a su mesa, ella se sentó
frente a él, puesí miamor, querés algo de tomar antes, una gaseosa dijo él,
ella rio indiscreta, no querés que te de lechita mejor bebé, él sonrió
agüevado, dame una cerveza entonces solicitó un poco envalentonado, ahorita te
la traigo mi niño. La Selena se puso de pie y antes de irse por lo pedido se le
acercó a Lupillo que ya iba agarrando confianza y le dio un sutil beso en la
mejía dejándole la marca de sus labios pintados de rojo carmesí. En lo que la
Selena andaba por la barra, de uno de los cuartos salió un tipo tosco con
señales de que lo habían despachado antes de tiempo, ajustándose el pantalón
miró de reojo a Lupillo, hizo una especie de mueca, balbuceó algo y salió
encorvado de aquel lugar. Otro valiente había sucumbido en la cruenta guerra de
los placeres inmediatos. Segundos después, del mismo cuarto, salió una mujer
gorda y morena envuelta en una toalla, con el pelo recogido a fuerza de
ganchos, se dirigió hacia la pila que hacía de ducha y en el cual, a puros
huacalazos, se lavó las partes que en su profesión hacían de herramientas de
trabajo. Una mezcla de asco y lamento pasaron por la mente de Lupillo que todavía
a esa hora no sabía lo que era estar compartiendo los naturales fluidos del
sexo con una mujer. En breve reapareció la Selena con una cerveza bien helada y
un tarrito de plástico que contenía varias semillas de maní tostado, vaya mi
niño, para que se me relaje un poco y puso las cosas sobre la mesa, mientras
ella se sentaba esta vez al lado del cipote que -de un trago- le bajó la mitad
a la birria sintiendo como le pasaba fría por la garganta, uy miamor, tenías
sed, le dijo mientras le pasaba una mano sobre el muslo y lo miraba de pie a
cabeza como quien estudia los gustos de su cliente. Lupillo no decía nada y ni
siquiera podía volver a verla, pero en su actitud se notaba que quería consumar
el acto lo antes posible por lo que la experticia de la Selena resaltó y casi
como leyéndole la mente le dijo el precio de la primera comunión, dándole las
opciones de las que podía elegir: normal, mamada y si quería ponerse más
exigente había tarifa especial “por el detroit”, pero si quería aprovechar su
estancia, también podía hacerle “triple saldo” que consistía en aplicarle las
tres anteriores hasta que acabara. Lupillo se vio tentado, pero como desconocía
las capacidades de su cuerpo, se decidió por la posición normal. La Selena le
dijo que en el momento que quisiera y él respondió casi instintivamente con un
¡ya!, ella lo tomó de la mano y se lo llevó a uno de los cuartos; al entrar,
Lupillo notó que aquella cueva era un verdadero cuchitril amueblado apenas con
una cama, una mesita llena de peines, talcos, una alhajero y una caja de
condones de los que reparten en la unidad de salud; mientras que en la pared
había nada más un espejo y un calendario ilustrado con una exuberante mujer
desnuda. La Selena antes de todo le pidió el dinero y al recibirlo le dijo al chamaquito
que esperara, que ya volvería, después de eso le tiró un beso al aire y le hizo
un guiño. Él se sentó sobre la cama que le parecía cómoda aunque sucia a pesar
que de sus sábanas emanaba cierto olor a lejía, miró a su alrededor y se dijo a
sí mismo por fin, por fin sentiría los
humores de una mujer de verdad, una de carne y hueso, no una de aquellas que
aparecían en las páginas de contraportada del periódico que vendían en el
parque y que sólo le servían para agitar su excitación y volarse la paja,
pensando en ello estaba cuando entró la Selena quien lo miraba sorprendida,
todavía estás vestido cariño y se le acercó reptando, sin prisa, con la sonrisa
de quien tiene asechada a su presa, ella se quitó el vestido con una sutilidad
inimaginable para el chico, quedándose sólo en un diminuto calzón, ayudó al
joven a desvestirse, primero la camisa, después los zapatos, Lupillo no estaba
seguro de quitarse los calcetines pues no se acordaba si de la prisa se había
puesto los talcos para que no le hedieran los pies, pero a ella tampoco le
interesaba quitárselos, luego le quitó los pantalones dejándolo sólo en
aquellos calzoncillos nuevos que había comprado en el puesto de mercado de su
tía Angélica, con mayor delicadeza y casi en cámara lenta, la Selena lo fue
despojando de aquella prenda, presentando al mundo la virilidad de aquel cipote
moreno y tímido ¡Ave María Purísima! la Selena lo observó con un poco de
asombro y fuera de protocolo le preguntó a Lupillo si se lo podía besar porque de
aquel instrumento emanaba un profundo olor a monte, a puro sabor del campo; él
presumiendo que en el acto podrían haber besos e imaginando que le podía dar
asco sentir a través de los labios de Selena el sabor de su propio pene, le
dijo casi suspirando que no. Ella se saboreó los labios y pareció tragarse un
buen poco de saliva. Se puso de pie y se dirigió hacia la mesita donde estaban
los condones, tomó uno y abrió el sobre con delicadeza, lo sacó y con una
impresionante destreza y de forma casi didáctica se lo puso en el novel miembro
erecto del chico y después de ello le dio un par de frotaditas mirando a los
ojos del chico que observaban absortos aquel ritual de iniciación. Ella se
quitó el diminuto calzón y se reposó sobre la cama como un ave a punto de ser
aliñada, le ofreció sus manos al chico y este más por instinto que por sabiduría
se subió encima de ella, como principio intentó besarla, pero ella evadió el
intento girando su cabeza hacia la derecha y pronto le dijo, sin besos miamor,
él asumió que era parte de las reglas de su profesión y no insistió, así que
sin más buscó con la punta de su lanza el abrazo vaginal que bautizaría a aquel
muchacho peón de finca como un hombre. Pero los primeros intentos por
penetrarla no lograron su objetivo pues Lupillo no tenía idea de cómo se hacía
por lo que con un poco de ayuda, siempre con el ánimo didáctico de la Selena,
sintió como con un pequeño levantamiento de la pelvis de ella, por fin lograba
el flechazo inicial dando en el albo húmedo de aquella mujer. Para sorpresa de ambos,
lo que sería una mera formalidad inicial, se fue convirtiendo en un verdadero
estado de gozo pues quizá por el reconocimiento del territorio carnal entre
ambos, se fue desatando todo el potencial que por unos tempranos dieciséis años
Lupillo guardaba y aquella primera embestida tímida se fue haciendo cada vez
más potente, más segura y ella más cadenciosa sentía como aquel joven miembro
le cubría el cuerpo cavernoso que conocía casi todos los penes del pueblo pero
ninguno tan placentero como aquel. Así, imparables ambos comenzaron a jadear, a
respirar de forma acelerada, en un zigzageo que no podía detenerse y del
entusiasmo de aquella conexión ella le exigió que siguiera, mostrándole un
amplio repertorio de posturas que a Lupillo le eran desconocidas pero a las
cuales parecía adaptarse inmediatamente, por su mente, sin embargo, se
preguntaba cuánto sería el costo de todo aquello pero ya no le importaba y
seguía las ordenes que la Selena le daba a gritos hasta que ella finalmente,
esta vez encima del muchacho, lo bañó con el calor líquido de un orgasmo.
Complacida de aquella experiencia inmediatamente le quitó el condón a Lupillo y
succionó el pene aún duro hasta que como un regalo inesperado recibió en su
cuerpo la liberación del deseo contenido que Lupillo tenía guardado. Finalizado
aquello, ambos se tumbaron de espaldas sobre la cama, miraron el techo de zinc
y respiraron hondo, ella le ofreció un cigarrillo y él se lo aceptó, se tomaron
de la mano y se miraron a los ojos, ella se le acercó y le dio un apasionado
beso, ¿y eso? preguntó el muchacho sonriendo evidentemente feliz, ella no dijo
nada. Entrecruzaron sus cuerpos y pasaron un rato en silencio hasta que por fin
Lupillo irrumpió el silencio con un pujido ¡jum!, ella alejó un poco su rostro
y lo miró perpleja, ¿qué pasa?, es que apenas te conozco y ya siento que te amo
le confesó él, ella lo miró con ternura y le pasó una mano por el rostro, le
dio un beso tierno y se quedaron a dormir. A esa hora el silencio y la
oscuridad de la noche, eran apenas atravesados por los cómplices eructos de
unos geckos.
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