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lunes, 25 de junio de 2018

BAILABA COMO DAVID LEE ROTH




BAILABA COMO DAVID LEE ROTH
Erick Tomasino

Me consideraban la reina de todas las fiestas a las que asistía. Quizá por mi cabello rubio espejismo o mis ojos de somnoliento deseo. Total era la más deseada. Siempre cobraba por adelantado porque ya tenía experiencia con tipos malapaga. Usted sabe, hay que ser precavida en todo hasta para abrir las patas. Una no se mete con cualquier fulano solo por así nomás. Hay que procurarse sus estímulos. Una verga suculenta o un buen fajo de billetes. Yo prefiero lo segundo a lo primero porque el dinero contante y sonante es real. Lo  otro puede ser una ilusión que desilusione. Y de eso yo se bastante.

La verdad es que a los tipos les gustaba cómo me les encaramaba. Como con el neón de mis sonrisas les reptaba salada sobre sus carnes. Y la inocente gesticulación que les actuaba cuando les hacía creer que me complacían al mismo tiempo que les susurraba que puta miamor qué rico. Así les limitaba al tiempo. Yo sabía simularles fantasías a los ingenuos.
Para algunos yo era un artefacto intervenido por el maltrato, el delito perentorio de sentirse deseada y ajena, de cualquiera menos de una. Pero aun así me amaban o eso decían. Yo igual no les creía. Una aprende a discriminar los discursos y pensar en el marido que ya no volverá y en los hijos que a saber qué diablos andarán haciendo. Porque a una la pueden acusar de cualquier cosa menos de dejar a los hijos valiendo verga, por algo se mete una en este negocio.

Porque esta cosita rica tiene su historia y sus tristezas, no crea que todo es gozo, también a una se le escurren los sentimientos por los ojos. A veces me embriagaba y le contaba las puntitas a las estrellas, con los ojos así como de gata taciturna. Por la mañana amanecía de culumbrón tratando de recordar las ovaciones pero sólo me venían los golpeteos de mis nalgas que sonaban como aplausos en los muslos peludos de algún cliente grasoso y jadeante. Aprendí a contar las embestidas para romper mis propios records.

A pesar del sufrimiento me ponía linda y me daba mis gustitos. Me vestía como la actriz que triunfa en la alfombra roja. A los tipos les encantaba verme así, porque para mujeres sufridas les bastaba la de la casa. A mí no me miraban así aunque lo fuera, pero eso no les importaba. A mí tampoco me importaba. Yo sabía que con menearles el chunchucuyo así... les bastaba y para mi sacarles el billete era suficiente.

Decían que era la reina porque les gustaba mi cadenciosa forma de explotarles los fantasmas a la rutina. Pero sobre todo lo que más les gustaba era que cuando sonaba mi canción predilecta, lo mandaba todo a la mierda y estirando las piernas en un salto así como este… con movimientos de una diva de Tropicana, sensual y ajena, bailaba como un David Lee Roth en versión de putero de mala muerte y ya con eso me daban mi propina o me invitaban a un wiski con promesas de sacarme de este chiquero… o por lo menos escribir una historia que hablara sobre mí.

lunes, 22 de enero de 2018

LAS ARMAS DE DIEGO

LAS ARMAS DE DIEGO

Erick Tomasino

Diego era un niño próximo a entrar a la adolescencia. Siempre se le creyó alguien problemático, un pequeño a quien no le interesaba el estudio ni las normas ni la disciplina escolar, más pendenciero que curioso era el prototipo de niño malo. A su corta edad le tenían tanto miedo hasta el punto que no sólo se le consideraba responsable de tener amedrentado a sus compañeros de clase, sino que además era el quebrar de cabeza del cuerpo de profesores de la escuela.

Cierto día, un compañero de grado lo acusó con la maestra de llevar una pistola dentro de su mochila. Su profesora lo invitó a pasar al frente de la clase. Para sorpresa de todo el grupo de niños y niñas, la Profe, en lugar de reprenderlo y acusarlo con las autoridades le pidió a Diego que le mostrara el arma. Él, igual de sorprendido por no recibir el castigo que en una situación así podría esperarse, sacó aquella pistola de su mochila y se la mostró a la Profe.

Bueno -dijo ella- yo no sé mucho de estas cosas, pero vamos a aprovechar esta situación para indagar un poco sobre armas y qué relación tienen con nuestra realidad. Así que le pidió a Diego que a partir de ese día, se sentara en la primera fila de la clase pues sería el asesor de la Profe en un proyecto de investigación. Eso significaba, que desde esa fecha, las y los estudiantes se pondrían manos a la obra para descubrir de dónde venía aquel artefacto y quienes se beneficiaban con la producción de las armas de fuego.

Al principio, las respuestas venían de la suposición de que aquello procedía del hermano mayor de Diego, otro se atrevió a decir que era de su padre y que ya la había usado en más de alguna ocasión o que simplemente Diego la había recibido como parte de su entrenamiento para ser miembro de una banda criminal. El chico se sentía acusado y no decía nada, aquellos comentarios le hacían sentirse con rabia, más pequeño y con menos fortuna que los demás.

La Profe insistió que aquello no era una tarea sencilla. Habría que investigar de forma más sistemática de dónde venía esa arma. Insistió que sobre todo habría que descubrir a quien o quienes beneficiaba la propagación de ese tipo de cosas no sólo en la comunidad, sino ampliar la mirada a lo que sucedía en otros lados del mundo.

Todo el grupo se puso a investigar sobre el origen de la pistola. Primero preguntaron a otros maestros y maestras si lo sabían, la mayoría dijo desconocer de ello, así que sugirieron preguntar a algunos amigos del vecindario de los cuales se sospechaba podrían brindarles más información, otros bajaron fotos de internet de armas similares y con ello preguntaron a otras personas de la comunidad, a algunos padres, vecinos, a tal punto que mucha gente se sintió curiosa de aquella singular tarea que la Profe les había puesto.

Por fin encontraron a alguien que sabía qué tipo de pistola era aquella, les dijo el nombre de la empresa fabricante y el país de donde las importaban. En un principio las chicas y los chicos se sintieron satisfechos, pero la Profe les insistía que había que averiguar más, quiénes eran aquellas empresas que preferían fabricar armamento y no otras cosas, como dulces o guitarras.

Buscaron toda aquella información en internet, en algunos libros. Los chicos más grandes de los cursos inmediatamente superiores apoyaron en buscar información, hasta entrevistaron a una persona que en algún momento había realizado un estudio similar y eso les llevó a buscar nuevas fuentes.

Así, descubrieron que aquella arma era apenas una minúscula –aunque letal– parte de toda una industria que año con año ganaba millones de dólares por la fabricación y venta de armas; supieron además que para ello necesitaban un mercado donde comercializar toda aquella producción, por lo que las guerras y la delincuencia no eran situaciones aisladas, sino que también eran producto de aquella diabólica industria que vivía de la muerte.

Encontraron que sólo las principales cinco empresas de defensa en el mundo obtuvieron ganancias por 151 millones de dólares en 2016. Mucho de esas inmensas fortunas las lograron siendo las principales contratistas del departamento de defensa de Estados Unidos. Por lo que aquel gobierno siempre tenía la enfermiza tendencia de inventarse enemigos y guerras hasta en los pasajes empobrecidos como en los que la escuela del vecindario se ubicaba. Si alguna vez fueron comunistas o indígenas que lo aparentaban, ahora eran terroristas prefabricados, traficantes de drogas, dealers de países centrales, pero también jóvenes de tez morena y empobrecidos igualitos a los jóvenes de su comunidad. Las víctimas –daba lo mismo– no se diferenciaban siempre y cuando sus muertes acumularan las ganancias de los dueños de la guerra.

Pero las empresas de esa perversa industria no sólo estaban instaladas en Estados Unidos, sino también en Gran Bretaña, Israel, Francia, entre otros países a los que no les bastaban las muertes del sur sino que también los provocaban dentro de sus propias fronteras, aunque curiosa y decididamente las víctimas siempre eran pobres y diferentes a los dueños de la industria de la guerra. Eso, entre otras cosas, fue uno de los puntos de llegada de aquellos chicos y chicas que antes sólo veían en los noticiarios lo datos muertos de los muertos sin alma.

Y así Diego y el resto del grupo se dieron cuenta que detrás de aquella arma que una vez estuvo en sus manos, había toda una industria armamentista que beneficiaba a importantes grupos de poder a nivel mundial. Que la situación de violencia que se vivía era producto del perverso negocio de la muerte y que jóvenes como ellos sufrían las consecuencias.

Todo eso aprendieron con aquella tarea que les permitió ver más allá de lo inmediato. Que les ayudó a ampliar la mirada revelando las causas y lo que significaba para ellos, sus familias, su comunidad y sus semejantes. Mientras en el vecindario de Diego, algunos muchachos –todavía desconociendo aquella complejidad– seguían pensando en matarse unos a otros.


Nota: Este cuento está basado en una anécdota que se la escuché a Frei Betto y me pareció importante escribirla, reescribirla y compartirla.

lunes, 11 de septiembre de 2017

DON VEIDER

DON VEIDER
Erick Tomasino

Don Veider salía todas las mañanas de su casa, bien tempranito. Yo lo veía pasar desde el corredor que daba hacia la calle. Lo miraba y lo saludaba con un gesto que él correspondía con otro gesto.

Un día me animé a saludarlo con un “buenos días”.

-Buenos días- me respondió con su voz cansina.

-Ya va de paseo- sugerí como si en verdad me importara.

Me miró con una expresión que denotaba que a él le interesaba menos darme explicaciones. Se fue de largo.

Don Veider no era su verdadero nombre. Dicen que el apodo le venía –aunque no tenía nada que ver- de su actitud pendenciera. Cuentan que era bueno para los talegazos y por eso se le consideraba el “tata” de todos los hombres rudos del pueblo, lo que lo metió en un sinfín de problemas, incluida la “autoridad”. Pero de repente, como si alguien le hubiera secuestrado las energías, Don Veider dejó de ser aquel hombre rudo y pasó a ser una especie de fantasma que caminaba todas las mañanas bien tempranito hacia rumbos indefinidos.

Lo vi pasar muchas veces, casi siempre, al nomás clarear el día, salía de su casa hacia un rumbo desconocido para mí. En el pueblo, lo que se sabía, era que Don Veider vivía solo, demasiado solo y casi no hablaba con nadie.

Por comentarios que se compartían en lo que se consideraba el espacio sociocomunitario de la localidad -la pupusería de la Niña Lola- supe que a Don Veider le habían desaparecido a su familia durante la guerra y que luego de un rato de haberse perdido él mismo, retornó con el empeño en irlos a buscar todas las mañanas. Está loco decían.

Loco por tener memoria y esperanza. Como si la desesperanza y el olvido fueran más sanos.

La última vez que lo vi fue cuando nos encontramos por la calle, lo saludé y de forma indiscreta le pregunté que cuánto tiempo más se iba a empeñar en buscar a sus desaparecidos.

Lo haré hasta donde me alcancen las fuerzas –dijo mirando hacia el horizonte y continuando su camino-.


Entonces, que la fuerza le acompañe –susurré- y seguí el mío.



lunes, 23 de enero de 2017

ELVIS NO SABE BAILAR

ELVIS NO SABE BAILAR

Erick Tomasino


1.
Magic Wils lanzó el juego a la mesa mientras pidió a una de sus asistentes que le llenara el vaso con whisky. Siempre que recibía nuestra visita sacaba su juego de Risk para que la sesión de conspiración fuera una mezcla de tensión amena y cálculo estratégico. Mientras expandía el tablero sobre la mesa nos convidaba a acercarnos y hacernos de la partida. Magic Wils permanecía siempre sentado así que de inmediato nos ordenó que le acompañáramos a la mesa. De los que estábamos de pie, Buñuelo fue el primero en tomar una silla, le siguió Elvis y por último me senté yo. Pidan algo para beber y disfrutar que esto va para largo nos ordenó. Siempre era así, la partida de Risk se dilataba tanto tiempo que era necesario solicitar más y más botellas de whisky.
El Gordo Buñuelo solía jugar siempre con dos asistentes, una a cada lado, las que eventualmente se sentaban en sus piernas y que, a pesar del frío tropical que provocaba el aire acondicionado, se mantenían en delicadas ropas de lencería. Fumaba siempre dando la impresión de un vulgar gánster graso y asqueroso, por ello no desaprovechaba la oportunidad de hacerse acompañar de las edecanes que Magic Wils le conseguía en la agencia de modelaje que solía subcontratar la R.S.E. S.A. de T.V. donde trabajábamos.
Vaya piricuacos, tome cada quien sus fichas de colores y ya saben que las rojas no están permitidas en esta mesa, que acuérdense que este país será la tumba donde los… Magic Wils daba un generoso trago a su whisky hasta trabar los ojos en el horizonte y tarareaba el himno partidario. El juego daba inicio y mientras tanto (mientras tratábamos de conquistar territorios y declararle la guerra a nuestros adversarios) los tragos desfilaban imparables uno tras otro, si no perdías en el Risk, corrías el riesgo de caer derrotado por el alcohol sobre la alfombra que tapizaba el piso y ser víctima de la ronda de vejámenes de los sobrevivientes.
Elvis era el único que se mantenía en silencio. Apenas dejaba escapar un suspiro y en su rostro se notaba una risita nerviosa, bebía eso sí, sendos tragos de su vaso y miraba inquieto hacia todos lados, sudaba, se mordía los labios, miraba el reloj, la disposición de las piezas sobre el tablero, bebía, respondía a la mueca que alguna de las edecanes le lanzaba con la mirada perdida en sus adentros. Magic Wils que parecía estar siempre en todo, lanzó un comentario al aire como para ver quien lo cachaba pero evidentemente todos sabíamos que era dirigido a Elvis. A ver cuándo salen esos ridículos vídeos tuyos por el internet. Nos miramos unos a otros sin dar respuesta. Elvis reía tímido. Estás hecho un galán dijo Magic Wils esta vez acercándose en dirección de Elvis. Vaya que poner tu rostro para defender lo indefendible es de valientes y lanzarlos por las redes sociales es de una osadía que… Magic Wils reía con sarcasmo demostrando que todo lo que decía lo hacía en son de burla mientras se volvía a empinar su trago. Elvis trataba de evadir las provocaciones de Magic Wils quien cantando “suelta el mechón de tu pelo” despeinaba el gelatinoso flequillo que Elvis solía usar.
Vaya energúmenos, decía Magic Wils, es hora de pasar a otro nivel y cantando con desafino pidió a una de las chicas que le llevara una buena dosis de polvo blanco que él se encargaba de distribuir sobre la mesa sin importarle que un poco se dispersara sobre el tablero de Risk. Hoy si hijos de su router, aprovechen que ésta acaba de llegar de la isla de la fantasía por cortesía de uno de nuestros amigos de la tele. Al escuchar la orden, el Gordo Buñuelo tomaba un poco de aquella coca y se la ponía en las tetas de una de sus asistentes a quien inmediatamente después le daba su buen narizaso. Elévame con tus globos nena. Elvis con su peculiar mirada que parecía faro sin dirección, seguía inmutado frente a todo aquello. Mientras otra de las asistentes le acercó un billete de cien dólares a Magic Wils quien lo enrolló y lo usó para llevarse una línea con toda la pasión que eso le generaba. Esto es lo único bueno que hizo tu tata, le expresó a Elvis, traernos los dolaritos que para lo único que en verdad sirven es para darse sus buenos toques porque para lo demás no sirven para ni mierda puto pisto sin base, falso, como estas putas y como nosotros también o como este gordo cerote -dirigiéndose al Gordo Buñuelo- que para lo único que sirve es para darle paja a la gente en la televisión.
El estado de ánimo de Magic Wils nos incomodaba a todos, pero nadie decía nada pues sabíamos que alguna discordia con él podía significar nuestra sentencia de muerte. Esa tarde yo tuve algo de suerte pues no me dedicó ninguna de sus ofensas y podía sentirme un tanto ajeno de aquel palabrerío que manaba de la tosca boca de Magic Wils.
2.
Nosotros éramos del equipo de creatividad de la sección de editorial y censura de la R.S.E. S.A. de T.V. Un grupo propagandístico de élite que solíamos juntarnos una vez a la semana para esbozar y desarrollar los lineamientos de la estrategia editorial que debíamos llevar; si bien los cuatro éramos funcionarios de comunicaciones quienes trasladábamos las ordenes “de arriba” a todos los medios de comunicación bajo nuestro control: televisión, radio, prensa escrita y digital; teníamos amplios poderes para orientar lo que debía o no aparecer en esos medios; casi todos recibían nuestras órdenes, también contábamos con muchos ‘analistas’ que aparecían como independientes pero a quienes les dictábamos lo que deberían de decir en sus columnas o en los programas de opinión que eran arreglados también por nosotros.  Incluso orientábamos a líderes religiosos de todas las expresiones que salían diciendo cualquier cosa que nosotros les ordenáramos. Por ello, para motivar nuestra creatividad, los jefes siempre nos tenían las mejores condiciones; es decir un salón especial con mucho whisky, drogas y la compañía de lindas edecanes que la empresa prostituía con famosos clientes del jet set nacional. Más de una vez fuimos acompañados por alguna reina de belleza y hasta contamos con la presencia de alguna cantante mexicana ex-amante de un ex-presidente por cortesía de nuestra cadena aliada en aquel país donde dicen que se firmó la paz.
Esa tarde como todas las tardes en que nos reuníamos, tratábamos de hacer un análisis de lo que estaba aconteciendo y medir a través de fuentes poco transparentes lo que se decía en la opinión pública. Para nosotros hablar de opinión pública era medir en la práctica si nuestro mensaje había llegado a la mayor parte de la población, si ésta expresaba ‘libremente’ de manera casi literal los mensajes que nosotros imponíamos a través de la repetición incansable de estos a través de los medios. Dicen que ese método lo inventó un tal Goebbles, pero nosotros lo habíamos llevado a niveles más efectivos. Por ejemplo, si queríamos hacer mierda a un adversario de nuestros patrones, decíamos, de las formas más sutiles a las más obscenas, que esa persona era una mierda y si la gente luego de un sondeo de “opinión pública” repetía que esa persona era una mierda, sabíamos que lo habíamos hecho bien. Si por el contrario, los enemigos de nuestros patrones colocaban un tema en los medios que no les favorecía, nos correspondía a nosotros cambiar el mensaje y hacer que aquello se olvidara. Tuvimos mucho trabajo cuando se destaparon sendos casos de corrupción pero gracias a nuestros buenos oficios ya casi nadie los recuerda, a tal punto que jamás se investigaron. Todo esto lo hacíamos mientras nos drogábamos porque no había otra forma más efectiva para crear realidades paralelas y nuestros patrones lo sabían muy bien.
A nosotros nos gustaban las encuestas porque así podíamos medir la efectividad de nuestras campañas; por ejemplo cuando nuestro partido cayó en un bache por los mencionados casos de corrupción, hicimos una campaña para hacer creer que todos los partidos eran iguales de corruptos, una mierda; meses después casi todo el mundo opinaba de esa manera, la población repetía como un mantra “todos los partidos son iguales, son una mierda”. Nosotros sabíamos muy bien que una encuesta de percepción tiene como objetivo evaluar la influencia de los medios de comunicación en la población; por ello nosotros ordenábamos a los medios lo que debían decir y cómo lo debían decir; por ejemplo, si uno de nuestros adversarios estaba muy bien posicionado simplemente no publicábamos nada de él, no lo mencionábamos, lo desaparecíamos para anularlo por completo de la opinión pública. Cuando esto no funcionaba, entonces nos inventábamos una historia incriminatoria, multiplicando las ideas en las que se le inculpaba (y hasta se le sentenciaba). Si era un sujeto común, lo desaparecíamos y luego se justificaba que lo que había pasado le había pasado por pobre, otra simple víctima de la delincuencia común. Cuando estábamos de buen humor nos inventábamos campañas esperanzadoras para que la gente se identificara más con nuestros patrones con campañas como Pray for them o We are them, etcétera. Así la gente se conmovía ante el sufrimiento de nuestros jefes olvidándose incluso de sus propios problemas. Lamentábamos no tener una industria cinematográfica en la que podíamos producir sendos montajes fílmicos como en Hollywood, por ello sólo nos quedaban los noticiarios para mantener entretenida a la población con nuestras historias de ficción.
3.
Esto lo sabía Elvis como –evidentemente- todo mundo lo sabe. Lo que él no sabía era cómo hacerlo efectivo y por eso lo habían enviado con nosotros. Su tarea era inventarse una historia para distraer a la opinión pública con algún tema sin importancia mientras nosotros encontráramos un caso relevante que pusiera en jaque a nuestros adversarios. Pero Magic Wils se había alterado porque no comprendía cómo una persona incompetente como Elvis, había sido enviado a lo que él siempre consideró el grupo de élite de los aparatos de ideologización de los grupos dominantes. Pese a su pensamiento burgués nunca le habían gustado las prebendas, los hijos de papi que utilizaban sus ínfulas para escalar puestos. Y por eso aquel día le había entrado una gran cerotera contra el tímido muchacho.
Pero por un momento Magic Wils se había tranquilizado de la jodedera que tenía, estaba muy concentrado en el juego de Risk por atacar Venezuela, puso las fichas que le correspondían por norma, tomó los dados y anunció: ataco a Venezuela desde América Central. Elvis lo miró sin sorpresa pues había comprendido en poco tiempo que en el juego del Risk por una extraña razón, Venezuela era el territorio que más nos disputábamos. Hubo varios intentos pero no fue suficiente, por lo que el juego continuó y Magic Wils aprovechó para llenar su vaso y darse también un pericazo, momento en el que notó que el Gordo Buñuelo ya no estaba interesado en seguir jugando y lo miraba clavado con ojos de maniquí.
Vos gordo cerote, no sé cómo putas no te morís. El Gordo lo miró y sólo hizo una mueca que pretendía ser una risa. ¿Ya viste? me preguntó, parece que en este equipo sólo habemos dos personas valiosas, el resto es puro ripio el que nos han mandado. Este pedazo de mierda nada más sirve para ponerse loco y andarle tocando el culo a las chamacas en la tele. Me estás oyendo pedazo de mierda, cerotillo con ojos. Parecía que Magic Wils iba a sacar todo su repertorio de puteadas, cuando Elvis por fin reaccionó y le dijo: ya calmate, o sea, dejá en paz a la gente. Ve y este igualado que ni hablar puede, mirá mono cerote, si vos estás aquí es por puro cuello, entendés, que si no fuera por tu tata y por los de arriba, vos putiando estarías en la zona rosa o Miami. Elvis dejó entonces su impulso y volvió a quedarse callado.
En realidad todos nos quedamos como mudos pues sabíamos que si Magic Wils seguía tenso, más de alguno iba amanecer serenado en cualquier cuneta del país. Escúchenme bien hijos de su grandísima router, aquí nadie se me va poner al brinco, que el que la cague sabe que lo mato hasta con la punta de la moronga y luego doy la orden de que fue por vínculo con pandillas que así me he cargado a mucha gente para favorecer a los patrones. Magic Wils tomó otro trago y miró a su alrededor como esperando alguna reacción nuestra, quizá el último comentario no fue el más acertado pues lo ponía en una situación compleja, sobre todo ante Elvis que hasta ese momento desconocía tal dato. Así que respiró profundo, nos miró a todos –jalando mocos- se rió.
Elvis lo espetó, quería saber el trasfondo de su conducta y que porqué la había agarrado contra él. Magic Wills, enrojecido quizá por la vergüenza, quizá por el exceso de whisky respondió casi enseguida, como un empuje del instinto.
-Mirá mono, la mera onda que vos me caés mal porque sos un gran pipiolo, porque no la sabés menear.
El muchacho lo miró con incertidumbre, había tocado una fibra bastante delicada en su autoestima, dudar de su orientación sexual lo descompensaba a tal punto que los ojos se le pusieron brillosos. Como pudo, retomó el aliento y amenazó que abandonaría el equipo si tanta incomodidad nos generaba. Ese fue un golpe bajo pues sabíamos que si Elvis se retiraba, tendríamos represalias de los de arriba a tal punto de perder nuestro trabajo y así también cualquier oportunidad de escalar puestos. Nos miramos unos a otros y de forma casi coreográfica nos empinamos sendos tragos.
De manera insólita, Magic Wils se levantó de su asiento, se acercó hacia Elvis, se disculpó y como muestra de compensación por la ofensa, le pidió que escogiera a una de las chicas edecanes de la R.S.E. S.A. de T.V. y se la llevara a una de las habitaciones. Al principio Elvis no quiso aceptar pero ante la insistencia accedió. Las chicas se pusieron de pie formando una fila y como un desfile de modas pasaron ante los ojos de Elvis quien al final se decidió por una y esta lo llevó de la mano, el resto esperamos mientras hablamos de cosas sin importancia, clavados en la tele apostando sobre el nuevo embarazo o los problemas de drogadicción de la actriz de turno pensando cuál sería la estrategia para ocultar los problemas de nuestros jefes hasta que, un par de minutos después, la chica salió de la habitación con una expresión entre burla y frustración. Al notar nuestras miradas de interrogación, la chica apenas dijo:
-Ay dios, si a este bicho lo que le gusta es que le pongan su misma canción. Este Elvis no sabe bailar. 

Elvis salió despavorido del salón y sollozando se despidió de nosotros. Daba la impresión que no lo tendríamos de nuevo en el equipo. Magic Wils quitándole importancia al asunto se rascó una nalga y tirándose un pedo nos dijo que para esa semana hablaríamos de las prácticas masturbatorias en los funcionarios públicos y su relación con la calvicie y el sobrepeso. Todos reímos ante la ocurrencia. Ya teníamos tema para seguir distrayendo a la población.

lunes, 5 de diciembre de 2016

EL CASO MORRISON


EL CASO MORRISON

Erick Tomasino

1.
Mi nombre es Enrique Fasso. Soy investigador privado y me especializo en casos de infidelidad. A mi oficina llegan muchas solicitudes de personas que quieren que les resuelva dudas relacionadas con sus parejas cuando presuponen que les están jugando la comida. La mayoría de mis clientes son mujeres que buscan confirmar sus sospechas respecto al marido que las engaña. Estas sospechas casi siempre son falsas, pero he aprendido en este negocio que es mejor decirles lo que esperan escuchar que decirles la verdad. Así, si se resuelve el caso tal como ellas lo esperan, puedo cobrar una jugosa bonificación. A veces he mentido y en el caso de que el adulterio sea cierto, cobro por partida doble; es decir que cobro tanto al cliente inicial que sospecha, como a la pareja infiel a quien descubro. Por ello –debo admitirlo- he falseado pruebas para mostrar a mis clientes que su pareja le engaña o he chantajeado a los otros para no dejarlos en evidencia.
Últimamente el negocio ha decaído, con esa saturación de lo que llaman “redes sociales”, profesionales como yo ya no somos tan necesarios. Es tan fácil dar seguimiento a la pareja y sospechar de sus engaños bajo los códigos virtuales del rastreo y seguimiento. Pero aún con este hecho, siempre sale una que otra persona ansiosa de develar el secreto evidente de la mentira y me contrata.
En especial recuerdo la vez que una mujer de avanzada edad entró de súbito a mi oficina, yo siempre prefería que mis clientes llamaran por teléfono antes para acordar una cita, así sabría de antemano si aceptaba o no el caso, sin embargo ella rompió con esa regla que, a decir verdad, sólo yo cumplía.
A esta mujer me parecía que ya la conocía de algún lado, minutos después reaccioné que era una de esas personalidades de las esferas del poder que solía aparecer en los noticiarios emitiendo incendiarios comentarios contra sus adversarios políticos. Al acercarse a mi escritorio noté que cuando quería parecer graciosa, no era ella sino el botox quien reía. No era para nada atractiva, pero como dice un amigo mío, tenía un sex appeal que la hacía llamativa. Su nombre era Elizabeth Reina, una exfuncionaria de gobierno con altos cargos dentro de su partido y conocida en los pasillos del chisme político como “La Octopussy”, apelativo asignado porque supuestamente en su juventud se parecía a Maud Adams, una seductora chica Bond en la época en que Roger Moore encarnaba al famoso agente.
Bety –como me pidió que le llamara- entró con la urgencia de quien quiere resolver un asunto de vida o muerte, se veía alterada, le pedí que se sentara y así lo hizo. Puedo fumar me preguntó. Seguro le dije. Al mencionar la palabra “seguro” me lanzó una furtiva y nerviosa mirada, parecía que algo la incomodaba. Sin embargo se ubicó en la silla y mientras prendía su cigarrillo se cruzó de piernas, acción que reveló, más que una voluptuosa piel como suele suceder en este tipo de escenas, un fustán color talpa jocote que me recordaba a las prendas mata pasiones que solía usar mi ex esposa.  Bety, al igual que en la mayoría de los casos, pretendía que yo siguiera a su marido para saber si se la estaba bajando con otra; lo curioso que en este caso su pareja no era un viejo verde sino que se trataba de un muchacho joven a quien Bety le llevaba muchos años de anticipo y de quien sospechaba que la engañaba con otra mujer. Sus dudas se basaban en que él salía todas las tardes de su casa por el mismo lapso sin dar un motivo claro. Él –me confesó- era uno de esos tipos que pese a su juventud, no realizaba ninguna actividad que pudiera argumentar sus largas ausencias cotidianas; era uno de esos que gracias a las condiciones propias de su clase “ni estudiaba ni trabajaba” más por pereza que por carencia. Quería que siguiera sus pasos y le informara de lo que hacía cuando se ausentaba de casa, quería saber a dónde y con quién se reunía. Bety vino con una fotografía del susodicho impresa en papel simple, el tipo en efecto –al menos en apariencia- era varios años menor que ella, razón suficiente para que asumiera que la presunta mujer con quien se encontraba era también joven. La foto no permitía detallar el aspecto del tipo, sí parecía una de esas fotos sacadas “para el feis” con una sonrisa falseada por la amenaza del obturador que le daba la apariencia de un joven alegre encantado con la vida.
El caso me parecía bastante fácil, pero mi tasa de honorarios dependía de hacer creer que era difícil por los riesgos que se asumían, así como también de las condiciones económicas del o la cliente. Esto es pan comido pero me llevaré una buena cuota, pensé. Así que le dije a Bety que tomaría el caso y le di un papel con la cantidad de lo que costaría el trabajo, cincuenta por ciento ahora y el otro cincuenta al terminar más el diez por ciento de imprevistos; terminar significaba entregar un sobre con pruebas, fotos, grabaciones y un folio describiendo el modo de operar del sujeto. Sólo quiero saber dónde y con quien se reúne, reiteró. No se preocupe, mi trabajo es garantizado. Bety salió confiada en que resolvería el caso satisfactoriamente. Más tarde aparecería en la televisión quejándose de ser víctima de persecución política tras haber sido denunciada por un “mal manejo de fondos públicos” que –según la nota- rondaba varios millones de dólares. De haberlo sabido antes le habría cobrado más por mis honorarios.
2.
Carlos Jaime, hombre, treinta y cinco años de edad con estudios no concluidos de derecho en una universidad privada, relación sentimental "es complicado" (así se leía en su perfil digital). Especial afición por los carros, la música rock, principalmente las baladas románticas de los años sesentas, setentas y ochentas. A parte de una que otra fotografía en algún sitio turístico apenas abrazado de un grupo de amigos, no había mayor prueba para fundamentar sospechas en contra de él; es más, la mayoría de sus álbumes fotográficos tenían relación con su pasión por los motores o luciendo camisetas de sus bandas favoritas, en definitiva me parecía que llevaba una vida demasiado simple y monótona pese a las condiciones materiales casi infinitas que Bety le daba como muestras de su amor. Y por supuesto, como dato importante, no había ni una foto junto con ella ni de ella. Pero tampoco fotos con otras mujeres.
Una vez agotado el rastreo virtual era momento de pasar a la de seguimiento de campo. También me parecía sencillo tomando en cuenta que Bety me había dicho que Carlos Jaime solía salir todos los días a la misma hora por un lapso aproximado de tres horas para retornar a casa a la misma hora, según datos corroborados con los vigilantes de la casa. Así que me dispuse a seguirlo, el día elegido fue un viernes por el ambiente de fiesta que ese día suele pulular en la capital y por el olor a sexo desenfrenado que deambula por las calles.
Estacioné mi auto a unos cuantos metros del portón de la casa de Bety apenas unos minutos antes de la hora que Carlos Jaime habituaba salir, el tráfico de la ciudad había estropeado mi plan original y con suerte no llegué demasiado tarde como para perderle la pista. Leyendo la bitácora del caso, recuerdo que ese día salió exactamente a las tres con dos minutos. Lo primero que me sorprendió fue que, a pesar de su pasión, no conducía un súper auto sino uno más bien modesto. Tomó dirección con rumbo sur poniente precisamente a una zona de apartamentos muy cerca de la zona de centros comerciales y bares a la que acudían los chicos de su clase. En uno de los semáforos casi le pierdo la pista pues al ponerse la luz en amarillo él aceleró cruzando la calle a toda velocidad, mientras yo tuve que detenerme debido a mi maldita costumbre de respetar las señales de tránsito. Parado por unos segundos, una voluptuosa mujer se acercó a mi ventana para entregarme varios promocionales mientras el semáforo volvía al color verde. Para mi suerte el tráfico estaba tan pesado que Carlos Jaime apenas había avanzado unos metros y logré retomarle la pista. Seguimos por varias cuadras hasta que se introdujo a uno de los complejos habitacionales entrando sin mayor dificultad, parecía que el vigilante encargado del ingreso lo conocía muy bien debido al saludo ameno con que lo recibió. Para mí, entrar en aquel lugar implicaba un poco más de esfuerzo pues debía tener una buena excusa para ingresar. Así que tomé la decisión de parquearme a una cuadra del edificio para seguir a pie.
Mientras verificaba si dejaba bien cerrado mi carro, noté que los promocionales que me había dado la voluptuosa mujer del semáforo eran de un famoso nigthclub de la zona, tomé aquel fajo y los llevé conmigo. Me acerqué al portón y el vigilante me pidió la dirección exacta y el motivo de mi visita, lo observé pensativo por unos segundos, sin mayor detalle le dije que era repartidor y le entregué uno de los promos, si lo lleva esta noche puede participar en nuestras excelentes rifas, el hombre me miró entre sonriente y cauto, como no lo veía muy convencido de mi estratagema y al no tener otra excusa tuve que sobornarlo, le dije que seguía al chico que acababa de entrar y que no hiciera más preguntas o ambos nos meteríamos en problemas, le extendí la mano y me miró sorprendido pero agradecido por los billetes estrujados que le entregué sin saber la cantidad exacta de la mordida. Lo que parecía más difícil había sido superado. El hombre además se quedó con todos los promocionales del nigthclub.
Me acerqué unos cuantos metros al apartamento cuya dirección me había brindado el vigilante. Al acercarme sigiloso, noté que Carlos Jaime se encontraba cerca de la ventana que daba hacia la terraza y parecía muy concentrado mirando hacia una pared. Tenía puesta una música de fondo que sonaba muy estridente y mis sospechas iniciales me llevaron a especular que se encontraba con su amante. A este caso cobro por partida doble, pensé.
Seguí así por varios minutos anotando cada movimiento en mi libreta. Carlos daba vueltas al ritmo de la música como quien hace una fonomímica. Para mi sorpresa, Carlos Jaime advirtió mi presencia, se acercó a la terraza, sonrió e hizo un gesto con la cabeza, luego hizo otro en señal de que me llamaba para que entrara al apartamento. Como no podía disimular, me acerqué hasta la puerta y antes de tocar el timbre, Carlos Jaime abrió diciendo "pasá adelante, man".
Entré y mi segunda sorpresa fue no encontrar a nadie más, el tipo estaba solo, con la música a todo volumen, mientras tanto yo me iba poniendo nervioso pensando que aquella invitación fuera una trampa en contra mía. Por solicitud de Carlos Jaime, me senté y accedí a un trago que muy gentilmente me ofreció, bajó el volumen al equipo de sonido. "¿Te mandó la ruca?, va". Así es le respondí asumiendo que hablaba de Bety. "Esa maitra está loca, man, si vieras que sólo taloniándome quiere pasar". Yo guardé silencio por unos segundos hasta que por fin me animé ¿Porque decís eso? ¿A qué crees que se deba? Pregunté con una súbita confianza. "Nel, la mera onda que puro vacil de ella, así trató a sus exmaridos y así me quiere tener controlado a mí". La forma de hablar de Carlos Jaime me impresionaba, me había sacado de mis prejuicios de índole clasista al suponer que la burguesía se manejaba en un lenguaje refinado.
Carlos Jaime sacó un encendedor y lo movía de un lado hacia otro como quien se espanta las moscas. Lo encendía y lo apagaba, perdida su mirada en la llama. De pronto prosiguió: "Pues la mera onda está así, que yo a esa maitra le cuidaba las espaldas y de repente man, que va y me dice que se siente sola, que si quiero vivir con ella y yo puesí, ni lento ni perezoso que le digo simón y al ratito va ya estábamos endamados" ¿y qué pasó después? "la mera onda que puesí, sólo mandándome quiere pasar, que hacé esto, que vestite así y esa onda nel ya no me llega, encima sólo gritándome, algo desaforada la ruquita esa, yo no sé si soy su marido o su cholero; así que cuando puedo me doy mis escapadas para acá donde me siento más tranquilo ¿me agarrás la onda?" Aquella era la justificación que Carlos Jaime daba pero me parecía tan poca excusa, pues desde mi punto de vista era algo que se podía hablar y resolverlo, sobre todo estando con una mujer acostumbrada al parlamentarismo.
Nos tomamos otro trago y Carlos Jaime mirándome directo a los ojos notó mi incredulidad. Tomó de nuevo el encendedor de tal forma que me parecía un pirómano que quería quemarme vivo. Sonrió y suspiró, se puso de pie y se dirigió a una habitación, me imaginé que iría a sacar un arma y matarme en ese momento, me rasqué la panza y me acordé que yo nunca había usado una. Era un detective pacifista. Carlos Jaime regresó y para mi fortuna no era una pistola lo que traía sino un sobre de papel manila tamaño carta de veintiuno punto cincuenta y nueve centímetros por veintisiete punto noventa y cuatro centímetros que en su interior contenía un montón de papeles. Sorprendido le pregunté de qué se trataba y me dijo que eran unas pruebas que había encontrado en la habitación de Bety que daban cuenta de unos tales desfalcos. Vaya a saber qué es eso, pero pensé que era algo serio. “Simón, es serio y creo que la maitra sabe que yo los tengo, por eso me anda taloniando para darme gas, como sabe que no puede hacerlo en su casa, está procurando hacerlo como si fuera un accidente. Por eso te ha mandado a vos, para que me ubiqués y luego darme en la nuca”. Curioso hojeé aquellos papeles, había balances financieros, copias de correos electrónicos y -para sorpresa mía- una foto de Bety en lencería con una exposición estilo bondage, la foto en blanco y negro le daba un toque artístico. Al reverso una frase escrita a mano “Para la reina que enciende mi fuego” firmada de tal manera que el nombre no era legible. Intenté quedarme con ella, pero Carlos Jaime no me quitaba la mirada de encima. Se la devolví.
Yo tomé otro trago y ya me sentía algo cerote. Era una terrible confesión aquella, le dije que tranquilo, que sabiendo de lo que se trataba que confiara que de mí no saldría ni una palabra. “Pero no te vayas a chiviar loco, que yo en esto no cuento con nadie y prefiero darme a la fuga antes de que me balaceyen”. Me explicó que Bety era capaz de todo. Le insistí que tranquilo, que ya vería cómo me las arreglaba. Que su esposa no le haría nada. Evidentemente estaba mintiendo pues yo lo que quería era salir de ahí tan pronto como pudiera.
Carlos Jaime se notaba indignado por el trato que Bety le daba. Hasta cierto punto sentí solidaridad con aquel joven de peculiar hablado. Mientras él seguía sosteniendo aquel encendedor que prendía y apagaba amenazadoramente. Luego de un breve pero intenso diálogo con aquel muchacho y al observar que en este caso no había ni un sólo rastro de infidelidad y sentir que estaba desperdiciando mi tiempo y mi vida, además de que su manía con el encendedor me tenía muy nervioso, no tuve sino que despedirme agradeciéndole su tiempo y su confianza y prometiéndole que no le diría nada a Bety sobre los verdaderos motivos de sus escapadas ni el lugar donde buscaba refugiarse. "Quedate para otro trago" me pidió. No gracias, debo irme. "Entonces dejá la puerta abierta" ordenó. Salí siguiendo sus indicaciones y me dirigí a paso lento hacia la salida.
Caminando hacia el portón de seguridad a pocos segundos de haber salido de aquel apartamento, se escuchó un grito estruendoso como de alguien que libera su “ki”, como de quien ahuyenta sus miedos o el de un potro alazán a punto de iniciar un largo recorrido, del susto que me dio tremendo alarido y como ya iba medio bolo, caí de bruces al suelo y tardé un rato en reaccionar, cuando lo conseguí volví a ver tímidamente en dirección hacia el apartamento y noté que Carlos Jaime se encontraba desnudo, bailando mientras sostenía frente a él la fotografía de Bety, mientras que en la mesita de centro se quemaban los papeles que me había enseñado antes.
En el apartamento, mientras empezaba a arder todo en llamas, identifiqué que la canción que se escuchaba decía algo así "come on babe, light my fire", la habitación se incendiaba a la velocidad de la luz "come on babe, light my fire", mientras Carlos Jaime bailando y haciendo su peculiar fonomímica se masturbaba cantando fogosamente "Try to set the night on fire".
3.

Aquella tarde volví a casa, decidí dejar mi profesión durante algún tiempo, pensé en cambiar de dirección para que Bety no me encontrara y me pidiera una devolución por no haber resuelto el caso, haciendo eco de las palabras de Carlos Jaime: “Bety es capaz de todo”. Encendí la tele y me serví una cerveza bien fría, quería olvidar lo sucedido, pero justo Bety “La Octopussy” aparecía en el noticiario denunciando ser víctima de una conspiración. Yo nada más me la podía imaginar en aquella foto en blanco y negro con su perfil de bondage “para la reina que enciende mi fuego”. Me estaba excitando pero viendo aquella mujer en la televisión notaba que cuando trataba de ser graciosa, no era ella sino el botox quien sonreía.

viernes, 14 de octubre de 2016

PIERNAS LOCAS

PIERNAS LOCAS
Erick Tomasino


Su padre siempre lo preparó para ser el mejor atajador de todos los tiempos. Quería que fuera mejor portero que Magaña o aún mejor que “La Araña Negra” Lev Yashin. Quizá por haber nacido un quince de junio de mil novecientos ochenta y dos, día en que por una mala jugada de dios le propinaron diez goles a la selecta con el pobre de Ricardo Guevara Mora como arquero, su padre decidió que había sido el destino y no otra cosa lo que orientaba que su hijo debía salvar la imagen del país. Tenés que ser el mejor de todos los tiempos le indicaba casi como una orden militar, pero Piernas Locas nació para el dribling, para llevarse por encima a todos los rivales, para construir jugadas en el medio campo y hacer goles de antología. Con su porte espigado y flacucho era el mejor delantero que se haya visto en los arrabales de aquel cantón extraviado que nadie sabe ubicar en el mapa. Lo demostraba cada tarde de juegos improvisados mientras llevaba a pastorear las dos vacas familiares en aquel campo que funcionaba al mismo tiempo como potrero y como cancha de fútbol. Por más jornadas de arduo entrenamiento que su padre le hizo sufrir bajo los tres palos, Piernas Locas demostró que era un chico de campo.
En la escuela no le interesaba nada de aritmética ni de geografía, apenas había escuchado de un país llamado Brasil, del cual sabía que había ganado la copa del mundo del noventa y cuatro y del cual no le importaba el nombre de su capital. Pero aprendió a celebrar los goles como su ídolo Bebeto, aunque Piernas Locas a esa edad nunca había llevado un bebé en los brazos. Su vida era el balón en sus pies al que sabía llevar felizmente hacia el gol, eso lo supo mientras estudiaba el bachillerato cuando, jugando para la selección del instituto, hizo uno de los goles más recordados por su generación y que le valió ganarse un besito de la reina del instituto. El gol era también alegría.
Uno de sus profesores, profeta de los cracs, al advertir que el talento de Piernas Locas no estaba en los salones de clase sino en las canchas, lo llevó a probarse con el equipo local de la tercera división que rápidamente lo fichó como una de sus promesas y que a los pocos meses lo cedería a las reservas de uno de los clubes más importantes del país, equipo que inmediatamente lo vio como uno de los suyos, como el sustituto de la magia de uno de los mejores futbolistas de toda su historia, aunque para esos días no le daban ni  para el pasaje del autobús; es así que en esos primeros meses como reservista del equipo, acudía a los entrenos con dinero prestado o lo que le daba su padre como producto de la venta matinal de la leche que le extraían a las dos vacas familiares. Pero poco a poco se fue haciendo un lugar en el equipo e inmediatamente fue convocado para el plantel mayor, había promesas de salario y premios. Piernas Locas sólo quería jugar.
Cuando debutó en la liga mayor, apenas comido y vivido, metió tres goles de leyenda, en las estadísticas quedó como el primer “hat trick” de un debutante en un torneo, parecía que bailaba twist con el balón. Había nacido un nuevo ídolo de la fanaticada a quien ya le habían llegado los rumores de la novel promesa, pero que hasta esa tarde fue testigo de ello. Ni uno ni dos ni tres rivales daban abasto para marcar aquel chico que llevaba en sus piernas una joya del fútbol nacional, fue en ese momento que por su particular manera de driblar le apodaron el Piernas Locas.
Asentado ya en el equipo soñaba cada vez con cosas más grandes. Una vez le preguntaron para qué equipo le gustaría fichar, dudó un momento, pero luego respondió casi salomónico: para el Real Madrid o para el Barcelona, porque sépase bien, que en la cabeza de Piernas Locas no había lugar para las ideologías ni disputas históricas, poco a poco se fue enterando que la única ideología en el fútbol es la de las ganancias que se miden en millones de dólares. Lo supo cuando luego de ganar la liga nacional en aquel año, le dieron como premio un auto que aprendió a manejar de poco a poco.
La siguiente temporada iniciaba con la noticia de que Piernas Locas sería el único jugador en toda la liga en ser fichado por más de una temporada, un acontecimiento histórico para una liga de semi profesionales que cada año tenían que renovar contrato o jugar casi de gratis. Es así que ese año pudo comprarse una casa y otro carro, volvió a su pueblo para ofrecerle matrimonio a la ex reina del instituto con quien meses después se casarían. Ese año volvió a ganar la liga y el título de máximo goleador. Piernas Locas era todo un ejemplo para chicos y grandes.
Su profesión iba en ascenso, el siguiente año volvería a ser noticia al firmar para una importante marca deportiva un contrato de patrocinio, ni equipos enteros lo habían logrado nunca y Piernas Locas era así el primer jugador que lograba rubricar un contrato individual con una empresa, luego le sucedieron otras y el rostro de Piernas Locas aparecía en banners, rótulos, spots televisivos y hasta en camisetas. Era la imagen de gaseosas, yinas y empresas lotificadoras. La gente lo adoraba, era un verdadero ídolo nacional de masas. Fue así como lo convocaron a la selección nacional y uno de los sueños de infancia de Piernas Locas se hacía realidad. No hay que obviar que en su debut con el equipo de todos, en una ciudad de Estados Unidos y en una estupenda noche y pese a las genialidades de Piernas Locas perdieron, es así que aprendió de la derrota sin perder las esperanzas. Sin embargo, esa noche le dieron ganas de tomarse un vaso de leche con vodka.
Pero Piernas Locas no se dejaba vencer y en el segundo juego de la gira, se echó el equipo a los hombros y lo encaminó a un sendo triunfo contra una selección del Caribe del que Piernas Locas nunca había escuchado, pero lo celebró a lo grande. Al ser entrevistado por un periodista de una importante cadena de televisión, sus inmortales palabras quedaron registradas: “Bueno, primeramente quiero agradecer a dios por este triunfo y a la noble afición que vino a darnos el respaldo, lo importante fue que nos aplicamos, seguimos las recomendaciones del profe y dimos el todo por el todo, sólo nos queda seguir trabajando y pensar en el próximo partido”. Piernas Locas se rascó la nariz y se retiró corriendo a las duchas.
De regreso al país le informaron que en su equipo tendría un nuevo compañero de ataque, su nombre era Fernandinho Pipoca, un brasileño que había llegado para reforzar la delantera, la magia de ambos los convirtió en una de las duplas más temidas en todo el redondo nacional. Casi como por arte de magia, ambos arietes se entendían en el campo como si se hubiesen criado juntos. La afición enloquecía cada tarde de fútbol.
Aquella temporada los dos llevaron al equipo a una nueva copa, disputando entre ambos el liderato de goleo que rompió records históricos y por ese mérito llegaron de nuevo los premios, los agradecimientos, firmas de nuevos patrocinios, ofertas de otros equipos nacionales y extranjeros. Ese mismo año nació el primer hijo de Piernas Locas.
El padrino –como no podía ser de otro modo- fue Fernandinho Pipoca. El bautizo del pequeño ídolo apareció en las portadas de los principales periódicos y revistas del país; la prensa rosa lo aprovechó muy bien y era la comidilla en casi todos los medios. La gente lo quería mucho y se emocionaba con la presencia del pequeño príncipe, descendiente de aquel que había alcanzado el éxito y que seguía subiendo como la espuma. Pero se venía una nueva temporada y había que volver a los entrenos.
El equipo les informó que debido al gran éxito alcanzado, habían sido invitados a realizar una gira por los Estados Unidos, ya había fechas comprometidas para jugar en las principales ciudades donde había compatriotas que -hay que decirlo- vivían en una situación irregular pero que aun así podían enviar remesas y pagar sus entradas, por lo tanto había que llevarles alegría y qué mejor que un buen espectáculo con Piernas Locas como protagonista y de Fernandinho Pipoca como el mejor de sus compinches. Piernas Locas se emocionó pues uno de los directivos les prometió una jugosa bonificación, se emocionó porque pensó que con ese dinero podría ampliar el lote donde vivían sus padres y poder construir una piscina para recrearse con los suyos. Piernas Locas seguía siendo un chico de familia.
Al final de la reunión con todo el equipo, Fernandiho Pipoca se le acercó para invitarlo a celebrar, celebrar qué, nuestra amistad y los triunfos compartidos dijo él en un portuñol al que Piernas Locas ya se estaba acostumbrado. No puedo dijo él, tengo que volver a casa, porra pa’carajo fue la expresión de Fernandinho Pipoca, no credo, si tú estás un adulto, vamos celebrar. La expresión en los ojos de aquel alegre brasileño, terminó de convencer a Piernas Locas, así que accedió y se fueron juntos a una zona llena de bares y gente jovial. Piernas Locas entendió que ese era el ambiente al que le gustaba ir a su compañero de goles, lo supo porque al nomás entrar un grupo de jóvenes le gritó vocé, vocé, pipoca gosta da maconha y el otro más alegre les abrazó diciendo e aí carajo, os feomalditos, mira, voy a te presentar a mi amigo el Piernas Locas, por favor siéntense con nosotros, qué honor, qué placer, qué orgullo tenerlos por acá. Van a pedir algo. Cerveza. Un vaso de leche. Un qué. Toma otra cosa. Un vaso de leche con vodka. Un vodka sin leche será. Todos reían. En eso, uno de los chicos le hizo la indicación a Fernandinho Pipoca, ambos se pusieron de pie y se dirigieron hacia el baño. Mientras los otros dos chicos se deshacían en elogios. Sos el más grande, el mejor de todos los tiempos, en serio cerote, no hay nadie como vos, valen verga los demás, firmame la servilleta, haceme un bicho. En eso estaban cuando los que se habían ido regresaron, Fernandinho Pipoca un poco más alegre lanzó un papelito sobre la mesa que Piernas Locas alcanzó a leer: “He aquí vuestro placer, vuestro placebo”. Él no entendía nada, hasta que minutos después, Fernandinho le pidió irse a sentar a otra mesa, dejando aquellos chicos solos para quedarse ellos solos y hablar de sus temas.
Muy amena la noche, cuando un tipo gordo, vistiendo de corbata y saco se les acercó, les preguntó si podía sentarse junto a ellos a lo que el brasileño respondió con un sí, el hombre se sentó casi con fatiga y simuló una sonrisa. Se fue directamente al grano y preguntó si estaban de acuerdo con ganarse algunos dolaritos extras. Piernas Locas pensó que se trataba de un nuevo patrocinio y muy interesado le pidió que les explicara. El tipo gordo les dijo que sabía que el equipo haría una gira por los Estados Unidos y se enfrentaría a importantes equipos de la región, que sabía de la buena racha que aquella dupla tenía y que eran una de las más prometedoras, que nadie se podía esperar menos que importantes triunfos y una serie de éxitos y que eso les vendría bien para las estadísticas, pero la oferta que él tenía era más tentadora. Se trataba de agenciarse unos sus buenos billetes si hacían caso a las casas de apuestas, es decir, si en todos, todos los partidos se dejaran vencer para que de esa forma esas casas de apuestas e importantes apostadores ganaran un dinero fácil, de lo cual de esas ganancias ellos se podrían llevarse una jugosa bonificación. Los dos arietes se miraron a los ojos y Fernandinho Pipoca se mostró el más interesado y quería que le explicara cómo funcionaba aquello. Mientras el tipo gordo y con corbata les explicaba cómo era la movida, en el Xibalbar sonaba la música a todo volumen que hizo más confusa la propuesta. A Piernas Locas no le quedaba muy claro y no estaba seguro de aceptar el trato, pero el tipo gordo le pasó un papelito donde se detallaba la cantidad que se podría ganar por cada partido perdido. Era más de lo que ganaba por temporada, en ese negocio los dólares caían por miles.
Desconcertado al terminar la plática, Piernas Locas decidió marcharse, Fernandinho Pipoca trató de persuadirlo para que aceptaran la propuesta de inmediato, pero había que pensarlo muy bien, las esperanzas de cientos de aficionados estaban puestas en aquella maravillosa dupla y no había lugar para decepcionarlos. El brasileño lo regañó, le dijo que se portaba como una crianza, que con ese billete podían resolver el futuro, que jugando para equipos mierdas nunca iban a lograr nada. Piernas Locas lo paró en seco y le dijo que lo iba a pensar, que le diera unos días, que la cosa no era así nomás. Fernandinho lanzó una manotada al aire y dijo ¡bah! Hasta mañana entonces. Cada quien tomó su camino. En el trayecto a casa, a Piernas Locas se le atravesó un amarillo school bus cuyos pasajeros le gritaron que era el mejor. La gente parecía andar desenfrenada.
Al llegar a casa, su esposa lo estaba esperando, por qué llegás tan tarde, el niño no ha dejado de llorar, traés hambre. Te tengo una noticia. El te tengo una noticia lo asustó un poco y lo sacó de aquel pensamiento que llevaba entre ceja y ceja. Qué noticia, habrá un nuevo miembro en la familia le dijo y se sobó la panza y sin esperar respuesta del crac, le empezó a enlistar las necesidades que se vendrían, ampliar la casa, comprar cosas, buscar una persona que le ayudara con los cipotes y un larguísimo bla bla bla. En resumidas cuentas, vamos a necesitar más dinero. Lo importante es tener salud, le habría gustado decirle.
Piernas Locas acostumbrado a esas alturas a invertir en la familia, pensó que el futuro era incierto, que los éxitos no duraban para siempre, se contaban por miles las historias de futbolistas afamados que terminaron en la ruina y en el olvido. Había que garantizar a su familia -cada vez más grande- cierta estabilidad. Eso pensó y entonces decidió aceptar la propuesta de aquel viejo gordo de corbata. Se lo contó a Fernandinho Pipoca quien lo abrazó efusivamente y ambos se prometieron guardar el secreto. En aquella gira, que supongo todo el mundo recuerda, el equipo del dúo dinámico perdió todos los juegos de manera insólita. Y la famosa dupla no anotó ni un tanto. Piernas Locas incluso falló un penal que pudo haber cambiado la historia.
Después de aquello la fama de Piernas Locas fue decayendo, al final de la temporada, su compañero de goles Fernandinho Pipoca abandonó al club y regresó a su natal Brasil. Piernas Locas se quedó en solitario y ya no destellaba ni magia ni emoción, la grada se puso en su contra y en el estadio se leían pancartas exigiendo que se fuera del equipo. Meses más tarde se destaparían los casos de corrupción en el fútbol y el nombre de Piernas Locas aparecía como uno de los principales implicados. La justicia lo requirió para que diera declaraciones pero él nunca se apareció. Lo buscaron por todas partes pero nadie daba cuenta del ex-héroe de chicos y grandes.
En la sede del club borraron todo registro del paso de Piernas Locas. La afición aprendió a olvidarlo como había hecho con muchos futbolistas. La prensa rápidamente encontró otro personaje de quien hablar. Las esperanzas se renovaron lanzando al olvido toda la historia.

Piernas Locas desapareció por completo. Sin embargo hay quienes afirman que ahora vive en los Estados Unidos de forma ilegal, que con el poco dinero que logró llevarse puso una pupusería a la que frecuentan personas indocumentadas que están en la lista de quienes serán lanzadas como carne de cañón en alguna aventura militar con la esperanza de obtener la residencia si vuelven con vida; compatriotas que acuden bíblicamente a realizar su última cena y beben vodka con leche en espera de ser enlistados al próximo contingente de invasión gringa. Dicen que ese lugar se llama Crazy Legs Pupusas, y también dicen que en ese sitio todo mundo habla de la guerra y nadie habla de fútbol. Nadie.

domingo, 21 de agosto de 2016

El virgen de Guadalupe

El virgen de Guadalupe


Erick Tomasino.




Lupillo de pie frente a la cortina metálica que daba a la entrada del burdel “El Correcaminos”, se aseguró de que llevaba los calzoncillos nuevos recién comprados en el puesto de mercado de su tía Angélica. Dio un profundo suspiro y justo en el momento en que había decidido entrar, la Selena se le apareció -cigarrillo en mano- como si lo hubiera estado esperando aquella tarde-noche. Hola papito, le dijo con una sonrisa pícara, como una agente publicitaria que trata de convencer a su cliente de que su producto es el mejor en el mercado. Hola, respondió Lupillo evidentemente nervioso tratando de evitar mirar ese ángel prohibido que lo invitaba a entrar en aquel paraíso del pecado atestado de bolos y música de rocola. Querés pasar, preguntó ella tomando la mano del mozo que temblaba helada, vení que aquí nos podemos relajar un rato mi amor. Lupillo, que no sabía nada de la diplomacia de aquellos lugares dudó de la sinceridad de las palabras de la mujer, se apresuró yendo al grano al preguntarle que cuánto le iba a cobrar por el polvo. Ella, muy experimentada, le dio a entender que guardara silencio poniéndole el dedo índice en los labios que a Lupillo le parecía que olía a una mezcla de sardina con tabaco, cuántos años tenés le preguntó ella, ya casi cumplo los dieciséis respondió él, siendo así, no podés entrar, a menos que nos vayamos directo al cuarto le aclaró ella, pero cuánto vale el rato pues insistió él. Ella, presumiendo que aquel cipote se le iba a ir en seco ahí mismo de las grandes ganas que ya eran evidentes, siguiendo su juego seductor le adivinó que aquella sería su primera vez. Lupillo cada vez más inquieto, tuvo que aceptar su inexperiencia en las artes amatorias, la Selena se sentía un tanto motivada por arrancarle de una sola arremetida la virginidad a aquel muchacho moreno que sudaba y miraba trémulo hacia todos lados. En el historial de ella se contaban por decenas los cipotes que la habían elegido para que con sus voluptuosidades los bendijera en el serpenteado e infinito camino de la cogedera y porque prefería a los muchachos imberbes que por su nula experiencia acababan rápido el primer round que con los bolos experimentados que podían entretenerse por más tiempo; así que sería un placer sumar a uno más en aquella cuenta que en realidad sólo ella llevaba. Hoy es tu día pajarito, te voy a hacer precio especial de introducción, andate a la mesa del fondo para que no te vean desde afuera y ya voy a llegar para ver qué puedo hacer con vos. Lupillo entró dubitativo con el pulso tan agitado que hacía que sintiera que el corazón se le iba a salir como vomitado en medio de aquel lugar que parecía observarlo y castigarlo moralmente. De los nervios no sacaba sus manos de los bolsillos de su bluejeans nuevo, uno que se había comprado especialmente para aquella ocasión con el pisto que le habían dado en su trabajo de peón en las fincas de café. Tal como se lo habían ordenado se sentó en la mesa del fondo, una que estaba lejos de la barra de donde se despachaban las cervezas y los tragos, pero cerca de aquel renglón de habitaciones que atestiguaban los más íntimos secretos de los deseos prohibidos de casi todos los hombres del pueblo. Desde esa ubicación, Lupillo observaba con inquietud la dinámica del burdel del que sólo conocía por las habladas de sus amigos, hasta ese entonces “El Correcaminos” era para él una incógnita que le ponía su miembro viril como asta para colgar la bandera nacional. Sobre todo observaba con ansiedad a la Selena que en ese momento despachaba unas cervezas y unas bocas de queso frito y de chilibín a unos bolos que cantaban a todo pulmón unas canciones de Rudy La Scala mientras un viejo bailaba pegado con otra de las muchachas en el centro de aquella sala atestada de colillas de cigarro y escupidas que a esa altura apenas eran marcas pegajosas en el piso. Lupillo se emocionó al ver que la Selena se dirigía a su mesa, ella se sentó frente a él, puesí miamor, querés algo de tomar antes, una gaseosa dijo él, ella rio indiscreta, no querés que te de lechita mejor bebé, él sonrió agüevado, dame una cerveza entonces solicitó un poco envalentonado, ahorita te la traigo mi niño. La Selena se puso de pie y antes de irse por lo pedido se le acercó a Lupillo que ya iba agarrando confianza y le dio un sutil beso en la mejía dejándole la marca de sus labios pintados de rojo carmesí. En lo que la Selena andaba por la barra, de uno de los cuartos salió un tipo tosco con señales de que lo habían despachado antes de tiempo, ajustándose el pantalón miró de reojo a Lupillo, hizo una especie de mueca, balbuceó algo y salió encorvado de aquel lugar. Otro valiente había sucumbido en la cruenta guerra de los placeres inmediatos. Segundos después, del mismo cuarto, salió una mujer gorda y morena envuelta en una toalla, con el pelo recogido a fuerza de ganchos, se dirigió hacia la pila que hacía de ducha y en el cual, a puros huacalazos, se lavó las partes que en su profesión hacían de herramientas de trabajo. Una mezcla de asco y lamento pasaron por la mente de Lupillo que todavía a esa hora no sabía lo que era estar compartiendo los naturales fluidos del sexo con una mujer. En breve reapareció la Selena con una cerveza bien helada y un tarrito de plástico que contenía varias semillas de maní tostado, vaya mi niño, para que se me relaje un poco y puso las cosas sobre la mesa, mientras ella se sentaba esta vez al lado del cipote que -de un trago- le bajó la mitad a la birria sintiendo como le pasaba fría por la garganta, uy miamor, tenías sed, le dijo mientras le pasaba una mano sobre el muslo y lo miraba de pie a cabeza como quien estudia los gustos de su cliente. Lupillo no decía nada y ni siquiera podía volver a verla, pero en su actitud se notaba que quería consumar el acto lo antes posible por lo que la experticia de la Selena resaltó y casi como leyéndole la mente le dijo el precio de la primera comunión, dándole las opciones de las que podía elegir: normal, mamada y si quería ponerse más exigente había tarifa especial “por el detroit”, pero si quería aprovechar su estancia, también podía hacerle “triple saldo” que consistía en aplicarle las tres anteriores hasta que acabara. Lupillo se vio tentado, pero como desconocía las capacidades de su cuerpo, se decidió por la posición normal. La Selena le dijo que en el momento que quisiera y él respondió casi instintivamente con un ¡ya!, ella lo tomó de la mano y se lo llevó a uno de los cuartos; al entrar, Lupillo notó que aquella cueva era un verdadero cuchitril amueblado apenas con una cama, una mesita llena de peines, talcos, una alhajero y una caja de condones de los que reparten en la unidad de salud; mientras que en la pared había nada más un espejo y un calendario ilustrado con una exuberante mujer desnuda. La Selena antes de todo le pidió el dinero y al recibirlo le dijo al chamaquito que esperara, que ya volvería, después de eso le tiró un beso al aire y le hizo un guiño. Él se sentó sobre la cama que le parecía cómoda aunque sucia a pesar que de sus sábanas emanaba cierto olor a lejía, miró a su alrededor y se dijo a sí mismo por  fin, por fin sentiría los humores de una mujer de verdad, una de carne y hueso, no una de aquellas que aparecían en las páginas de contraportada del periódico que vendían en el parque y que sólo le servían para agitar su excitación y volarse la paja, pensando en ello estaba cuando entró la Selena quien lo miraba sorprendida, todavía estás vestido cariño y se le acercó reptando, sin prisa, con la sonrisa de quien tiene asechada a su presa, ella se quitó el vestido con una sutilidad inimaginable para el chico, quedándose sólo en un diminuto calzón, ayudó al joven a desvestirse, primero la camisa, después los zapatos, Lupillo no estaba seguro de quitarse los calcetines pues no se acordaba si de la prisa se había puesto los talcos para que no le hedieran los pies, pero a ella tampoco le interesaba quitárselos, luego le quitó los pantalones dejándolo sólo en aquellos calzoncillos nuevos que había comprado en el puesto de mercado de su tía Angélica, con mayor delicadeza y casi en cámara lenta, la Selena lo fue despojando de aquella prenda, presentando al mundo la virilidad de aquel cipote moreno y tímido ¡Ave María Purísima! la Selena lo observó con un poco de asombro y fuera de protocolo le preguntó a Lupillo si se lo podía besar porque de aquel instrumento emanaba un profundo olor a monte, a puro sabor del campo; él presumiendo que en el acto podrían haber besos e imaginando que le podía dar asco sentir a través de los labios de Selena el sabor de su propio pene, le dijo casi suspirando que no. Ella se saboreó los labios y pareció tragarse un buen poco de saliva. Se puso de pie y se dirigió hacia la mesita donde estaban los condones, tomó uno y abrió el sobre con delicadeza, lo sacó y con una impresionante destreza y de forma casi didáctica se lo puso en el novel miembro erecto del chico y después de ello le dio un par de frotaditas mirando a los ojos del chico que observaban absortos aquel ritual de iniciación. Ella se quitó el diminuto calzón y se reposó sobre la cama como un ave a punto de ser aliñada, le ofreció sus manos al chico y este más por instinto que por sabiduría se subió encima de ella, como principio intentó besarla, pero ella evadió el intento girando su cabeza hacia la derecha y pronto le dijo, sin besos miamor, él asumió que era parte de las reglas de su profesión y no insistió, así que sin más buscó con la punta de su lanza el abrazo vaginal que bautizaría a aquel muchacho peón de finca como un hombre. Pero los primeros intentos por penetrarla no lograron su objetivo pues Lupillo no tenía idea de cómo se hacía por lo que con un poco de ayuda, siempre con el ánimo didáctico de la Selena, sintió como con un pequeño levantamiento de la pelvis de ella, por fin lograba el flechazo inicial dando en el albo húmedo de aquella mujer. Para sorpresa de ambos, lo que sería una mera formalidad inicial, se fue convirtiendo en un verdadero estado de gozo pues quizá por el reconocimiento del territorio carnal entre ambos, se fue desatando todo el potencial que por unos tempranos dieciséis años Lupillo guardaba y aquella primera embestida tímida se fue haciendo cada vez más potente, más segura y ella más cadenciosa sentía como aquel joven miembro le cubría el cuerpo cavernoso que conocía casi todos los penes del pueblo pero ninguno tan placentero como aquel. Así, imparables ambos comenzaron a jadear, a respirar de forma acelerada, en un zigzageo que no podía detenerse y del entusiasmo de aquella conexión ella le exigió que siguiera, mostrándole un amplio repertorio de posturas que a Lupillo le eran desconocidas pero a las cuales parecía adaptarse inmediatamente, por su mente, sin embargo, se preguntaba cuánto sería el costo de todo aquello pero ya no le importaba y seguía las ordenes que la Selena le daba a gritos hasta que ella finalmente, esta vez encima del muchacho, lo bañó con el calor líquido de un orgasmo. Complacida de aquella experiencia inmediatamente le quitó el condón a Lupillo y succionó el pene aún duro hasta que como un regalo inesperado recibió en su cuerpo la liberación del deseo contenido que Lupillo tenía guardado. Finalizado aquello, ambos se tumbaron de espaldas sobre la cama, miraron el techo de zinc y respiraron hondo, ella le ofreció un cigarrillo y él se lo aceptó, se tomaron de la mano y se miraron a los ojos, ella se le acercó y le dio un apasionado beso, ¿y eso? preguntó el muchacho sonriendo evidentemente feliz, ella no dijo nada. Entrecruzaron sus cuerpos y pasaron un rato en silencio hasta que por fin Lupillo irrumpió el silencio con un pujido ¡jum!, ella alejó un poco su rostro y lo miró perpleja, ¿qué pasa?, es que apenas te conozco y ya siento que te amo le confesó él, ella lo miró con ternura y le pasó una mano por el rostro, le dio un beso tierno y se quedaron a dormir. A esa hora el silencio y la oscuridad de la noche, eran apenas atravesados por los cómplices eructos de unos geckos.